Translate

Mostrando entradas con la etiqueta En primera persona. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta En primera persona. Mostrar todas las entradas

jueves, 14 de julio de 2016

En Barcelona no es griego todo lo que reluce.


Al ser una ciudad tan cosmopolita, Barcelona te permite encontrar restaurantes griegos o supuestamente griegos y de otros países.

Para averiguar si un restaurante es griego de verdad, hay un truco que no suele fallar: pedid una ensalada griega.

Eso nos pasó a mi mujer y a mí la primera vez que quisimos pegarnos un homenaje en un Diónisos de los muchos que hay en la ciudad. Todo muy decorado a la griega y tal pero la ensalada llevaba lechuga (¡¡¡!!!).

¡Una ensalada griega no lleva lechuga! A partir de ahí, todo hay que ponerlo en duda excepto el vino y las aceitunas de Kalamata, que ya se encuentran en cualquier sitio.

Hagamos un rápido repaso de lugares visitados por un servidor. Hay más, pero salgo a catar menos de lo que me gustaría. Además, cuando uno se lleva una desilusión prefiere dejar un tiempo hasta volverlo a intentar.

El barrio de Gràcia, que lo tengo a tiro de piedra, es quizás el lugar donde un amamte de la cocina griega disfrute más... o quizás no. En  Torrent de l’Olla hay un Diónisos y casi enfrente se encuentra la Taberna Griega. Sólo he visitado el primero y es donde nos sirvieron la ensalada griega "lechugina". No destacaría nada en especial. Comida mediterránea como la nuestra.

Un día de estos iremos a la Taberna Griega y ya os contaré. Eso sí, dicha taberna vende productos griegos justo al lado. Se puede uno abastecer cómodamente si lo desea. Ambos restaurantes rompen platos los viernes por la noche con música en directo. Para el que no lo sepa, en Grecia la tradición de romper platos ya no se lleva y sólo se hace en sitios para turistas o en algún programa de la tele. Estereotipos.

A menos de dos minutos de los restaurantes abrió un Diónisos en la Plaça del Diamant. ¿Otro? En realidad es un gyrádiko. Venden gyros, bebidas y algunos productos griegos. Curiosamente, vale más la pena que el restaurante. Es decir, es un griego más auténtico que el susodicho restaurante. Se come de pie o te lo llevas a casa empaquetado, como debe ser. Le da cien vueltas a cualquier kebab. El único pero que le pongo es que sólo vende gyros. No hay ni souvlakis, ni biftekis, ni loukaniká. Ni pincho, ni hamburguesa, ni longanizas. En Grecia en el gyrádiko te lo venden todo.

Un consejo, no me sean pardillos: el gyro se pide con cebolla –el que lo prefiera-, tomate y patatas, y se adereza con un poco de sal y orégano, además de ketchup y mostaza, si se quiere. ¡Tampoco lleva lechuga! ¡Si veis que os van a poner lechuga, cortadles la mano!


En Torrent de l’Olla también encontramos el Loukoumás, que es una mezcla de bar-cafeteriía-pastelería. El dueño es griego –Petros- y los distintos loukoumás llevan nombre de barrios de Salónica.

El loukoumá se hace como se hacen aquí los churros, aunque en Grecia le dan forma redonda, no alargada. En el local, sin embargo, los loukoumás tienen forma de donut y van glaseados por encima.

Es un lugar pequeñito, sin casi mesas, pero acogedor y calentito. Sirven el mejor frappé de la ciudad. Como se hace en Grecia, sin pijaditas. Vale la pena pasarse, pedir uno con leche y azúcar, y seguir paseando con él en la mano por el barrio. 

Cometí el error de pedirme un frappé en la Plaza Real y estuve a punto de presentar una denuncia la comisaría de Vía Layetana por envenenamiento. Cualquier sucedáneo de frappé de marca conocida que te venden como si fuera la panacea es basura. 

Había otro local griego que servía dulces y empanadas junto a los cines Verdi que se llamaba Nana Iota, pero cerró. Lástima porque la spanakópita que servían quitaba el sentido... y escocía el bolsillo.

Para el que no pueda acercarse a Gracia, hay otro Loukoumás en el centro, en el barrio del Raval, por detrás del Liceo.


Conozco tres restaurantes Diónisos más, uno delante del Parque de la Ciudadela, otro en la Plaza George Orwell y el último en la calle Aribau. El mejor de los tres, sin duda, este último. Buen servicio y buen producto aunque no es griego 100%. El de la Ciudadela y el de la Plaza Orwell están excesivamente masificados y muy hechos de cara al turismo. Restaurantes en cadena, ya se sabe. Clonización.

De nuevo, si se quiera uno saciar, tendrá que recurrir al gyrádiko Dionisos que hay en la misma Plaza George Orwell. El señor Stéfanos os pondrá un gyros más que apetitoso.  

El Kalimera, restaurante griego que estaba en la calle Valencia, cerró.

Me falta algún que otro Diónisos, pero estoy un poco quemado. Creo que primero me inclinaré por el Magraner Boig de la calle Robadors en el Raval o por la Taberna Griega de Torrent de l’Olla en día de platos rotos.

Además de la tiendecita que tienen montada los de Taberna Griega en Torrent de l’Olla, hay un señor árabe que tiene un local en el mercado de Gracia que vende productos griegos. Buscadlo en el mercado del Banc Expropiat. Son productos griegos de verdad.



En la Boquería, entrando a la izquierda, hay otro local parecido en el que también venden productos griegos. Symposion, se llama. ¡No os lo recomiendo porque es carísimo! ¡Sólo para turistas desesperados! No me veréis allí. 

domingo, 3 de enero de 2016

Grecia un año y medio después.


Viajé a Grecia un año y medio después de mi regreso a España. Me lo pasé en grande y me puse hasta las cejas, porque fui de vacaciones, así que tampoco tuve la oportunidad de mezclarme mucho con la gente para ver qué se cuece. Sin embargo, por conversaciones mantenidas con familiares y alguna que otra excursión, he podido sacar las siguientes conclusiones.

El país no avanza. Siguen las mismas obras a medio hacer –el metro de Salónica ahora dicen que terminará en 2020-, las carreteras están cada vez peor –baches y falta de iluminación- y las ciudades están que dan asco de sucias.

La gente no sonríe por la calle. Sin duda, es lo más triste de todo y lo que más ha llamado mi atención. La tristeza se palpa en la cara de la gente. A pesar de haber estado allí en Navidad, que es cuando el país sale a celebrar la fiesta a la calle, no he visto la alegría de otras veces. Había bastante menos parrillas asando carne entre los coches.

La política de “seguidismo europeo” de Tsipras, que es casi la misma que la de los otros partidos años atrás, no le quitaría la presidencia si hubieran hoy nuevas elecciones. Alexis volvería a ganar a pesar de que Grecia va de mal en peor. Los votantes se han cansado de los partidos tradicionales, más preocupados en peleas tribales –primarias en Nueva Democracia- que en hacer oposición. El SYRIZA tiene problemas gordos dentro del partido y algunos diputados se han pasado al grupo mixto, pero de momento aguanta porque la oposición es nula. Eso sí, tratándose de Grecia, todo es posible.

Los emigrantes que de verdad se querían ir, ya lo hicieron. En Grecia se han quedado los jubilados, los estudiantes y los que tenían ya un buen trabajo antes de la crisis. No hay nadie en Grecia que no tenga colegas en Alemania o en otro país de Europa o Estados Unidos.

La gente ahora pasa bastante de la política. No toma en serio a los políticos porque saben que venderían a sus padres por un plato de sopa. A los griegos les ha costado entender que todo es una gran mentira. El referéndum de Tsipras y lo que pasó después les abrió los ojos. Noté cierta resignación. La gente de a pie desconfía tanto de los políticos como de los sindícalistas o de los que se manifiestan cada dos por tres. ¿Dónde se ha visto que el Gobierno apoye una huelga general? Son los mismos perros con distintos collares. Si los recortes previstos por el SYRIZA para 2016 los plantease Nueva Democracia o el PASOK, temblaría Atenas. En el fondo, Tsipras sólo cumple órdenes, como antes lo hicieron Samarás u otros. Ya nadie discute el control de capitales.

Preocupación por el futuro. Parte de la juventud no encuentra trabajo y decide emigrar. Otra intenta alargar sus años universitarios haciendo algún máster o sacándose un posgrado. Algunos aprovechan para cumplir con sus obligaciones militares.

En resumidas cuentas, Europa avanza –más en unos países que en otros- pero Grecia no. Continúa el estancamiento. La mitad de las tiendas han tenido que cerrar y muchas de las que se mantiene abiertas apenas cubren gastos. Las cafeterías y los negocios de comida rápida griega siguen siendo los más rentables del país. Es muy curioso ver lo limpias que están las cafeterías y lo sucias que están las calles. El griego cuida la propiedad privada pero menosprecia la pública. Nadie respeta lo que es de todos. Ellos confunden lo de “es de todos” con “pertenece al Estado”. Recuerdo, para los que no me lean asiduamente, que para los griegos el mayor enemigo es el Estado, porque cobra impuestos, no ofrece buenos servicios, está podrido de corrupción y no protege al ciudadano.

A veces digo que ciertas situaciones que suceden en España me recuerdan a las ya vividas en Grecia –la imposibilidad de crear Gobierno ahora mismo, sería un ejemplo-, pero el día a día de la gente no tiene nada que ver, como tampoco el respeto por las obras públicas, el transporte, la limpieza y muchas otras cosas que no hacen otra cosa que facilitarnos la convivencia. En Grecia hay gente que sigue fumando en los cafés, perros con dueño que siguen cagándose en las calles, estúpidos que siguen sin respetar los pasos cebra e imbéciles que siguen pintando las estatuas más conocidas de la ciudad. España no es ejemplo de nada, pero todas estas cosas se notan y se agradecen cuando uno viene de Grecia.

Sigo pensando que Grecia debería salir del euro. No aguanta el ritmo. Se va quedando atrás. Veremos qué sensaciones me produce el país la próxima vez que lo visite.  


domingo, 18 de octubre de 2015

Sócrates y Varoufakis en Barcelona.


Estuve viendo la obra “Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano” en el Teatro Romea y a los pocos días asistí a la charla-conferencia sobre “La Europa de los mercados”, dentro del ciclo D.O. Europa, que Yanis Varoufakis dio en el Centre Cultural del Born. Plasmemos mis subjetivas impresiones.

“Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano” la recomiendo fervientemente. Teatro en estado puro. A la antigua, si se me permite, sin grandes decorados ni efectos contraproducentes. Todo muy austero, pero muy auténtico. Un semicírculo, siete actores y un excelente texto. No hace falta más.

La obra está dirigida por Mario Gas, uno de los grandes, y el papel protagonista lo interpreta el gigante, en todos los sentidos, Josep María Pou.

No quiero destrozar la historia que, por otro lado, ya sabemos como acabará, por eso simplemente les diré que vayan a verla y disfruten. Una hora y media divina.

Todos los actores están muy bien. Pou se sale, aunque mi mujer dice que sobreactúa un pelín. En mi opinión, está tan metido en el papel y ha leído tanto sobre el personaje, que realiza sus gestos y sus miradas, se mimetiza. Se rasca, mira al infinito, pone caras, se despista, pregunta a Atenas, que es el público… Como era Sócrates, vaya.


Carles Canut, al que nos encontramos poco antes de entrar en la cafetería de al lado fumándose un puro, lo borda haciendo de Critón, uno de los amigos de Sócrates. Con esa barba y esa túnica, es el más griego de todos. Pep Molina, que hace de Méleto, el acusador, está también extraordinario, como también lo está Amparo Pamplona, que hace de Jantipa, mujer de Sócrates. Todos tienen su momento en la obra y todos están a la altura.  

Para resumir la obra, nos basta con el título. Se juzga y se condena a Sócrates, argumentando a favor unos y en contra otros. Acabará hablando el protagonista, que con toda tranquilidad pone fin a su vida.

El texto está hecho de “recortes” de otros textos escritos por hombres de la época y discípulos de Sócrates. Un gran homenaje, no sólo al filósofo, sinó también a Grecia.

Las ideas del sabio siguen siendo tan actuales como entonces. Gas ha hecho de “Sócrates, vida y muerte de un ciudadano” una obra imperecedera. Habla de la libertad, de la democracia y del derecho que tienen las personas a juzgar o a opinar sobre determinadas conductas. El objetivo no es sólo “retransmitir” el juicio, sinó también dejar un mensaje, algo que consigue con extraordinaria naturalidad.

Un apunte final: si van a ver la obra al Romea, dense una vuelta por las cafeterías cercanas. Posiblemente se encuentren a Pou o a Canut tomando café entre la gente. Me gustó la sensación de cercanía y de “barrio”, a pesar de que la zona del Raval donde se encuentra está algo cochambrosa.


La charla sobre “La Europa de los mercados” tuvo lugar en el Centre Cultural del Born el pasado jueves. Llegamos con media hora de adelanto y la cola daba una vuelta entera al edificio. Nos tuvimos que colar, porque de lo contrario no hubiéramos entrado. ¿Es Varoufakis el quinto beatle?

Una vez dentro, resulta que la charla era en el pequeño auditorio que hay en una de las esquinas del centro y ya no había sitio. Tampoco había suficientes sillas, con lo que tenías que buscar barrera, como en los toros. A Varoufakis lo vimos hablar por la enorme pantalla dispuesta para la ocasión. Mucha gente joven y mucho “rogerío”, claro.

La charla, entrevista, coloquio o conferencia, llámenle como quieran, fue muy interesante. Las cosas como son, el ex ministro de finanzas griego se explica muy bien. Se nota que es profesor.

La charla la dio en un perfecto inglés –el de Mónica Terribas, la presentadora del acto, no era tan bueno- y fue muy amena a pesar de la “dureza” de los temas tratados. Hubo guiños a un público entregado, algunos aplausos e incluso risas. También, como no podía faltar, tocó el tema catalán tan de moda estos días –pocas horas antes y a escasos metros de allí había declarado Artur Mas ante el juez por lo del 9 de noviembre-.


Fue poco más de una hora de entretenida charla sin preguntas. Después salió por una esquina y se fue a cenar con la alcaldesa de Barcelona. La gente, literalmente, se le echaba encima. Una rock star. La gira de Varoufakis no terminaba en Barcelona, ya que dijo que al día siguiente daría la misma charla, o parecida, en Portugal.

Es decir, que de profesor de Universidad, Varoufakis pasó a Ministro de Economía y ahora a conferenciante.

Como he dicho, la charla fue sumamente interesante y todo lo que dijo estuvo perfectamente argumentado. Sin embargo, uno salía con la sensación de que Varoufakis estaba más solo que la una. Ya sabemos que los bancos mandan, que hay opacidad en Bruselas y que la crisis genera más desigualdad. Que la riqueza está mal repartida, que la deuda es insostenible y que hay que ser más solidario con el vecino. Él propone algunas soluciones, pero me da que se ve incapaz de ponerlas en práctica. No posee los medios y muchos lo toman por un loco.

Ya se peleó contra el resto de ministros en Bruselas, luego fue apartado del Ministerio por Tsipras y ahora predica en solitario en el desierto. Varoufakis tiene algo de beatle, algo de Quijote y algo de Sócrates, si me apuran. Le seguiremos la pista porque, te guste o no el personaje, siempre tiene cosas interesantes que decir. 

lunes, 24 de marzo de 2014

Griego al volante, peligro constante.


Conducir por Grecia es sinónimo de aventura. El griego al volante hace lo que quiere, cuando quiere y como quiere. Olvidémonos de prohibiciones, señales, peatones, rotondas, sentidos, preferencias o semáforos: en Grecia manda el claxon.

El coche es más fuerte que el peatón y los pasos de cebra no se respetan, así que más te vale correr para que no te pasen por encima. Los conductores no tienen ningún respeto por los peatones e incluso les pitan para que se aparten. El turista, los primeros días, lo pasará mal cada vez que tenga que cruzar la calle. Conviene ir con mucho cuidado.

Los semáforos, que no siempre funcionan, no dan tiempo al peatón a llegar al otro lado. Se ponen rojo enseguida y se corre el riesgo de quedar en tierra de nadie, en medio de la calle.

En las ciudades grandes el tráfico es insoportable, sobre todo en las horas puntas. Recomiendo evitar siempre el centro e ir a pata o en bus. En Grecia hay varios factores que lo empeoran todo y que se podrían evitar.

Los aparcamientos en dobles y triples filas son de lo más habitual, provocando que el carril se estreche enormemente y forzando a los autobuses a salirse del trazado. Los conductores que bloquean dejan un papelito con su número de teléfono y desaparecen. Los hay que abandonan el coche en el lateral con las luces de alarma puestas y se van a hacer la compra o a dar un paseo.


Las gasolineras suelen encontrarse dentro del casco urbano, con lo que se forman colas en algunas de las vías principales. Evidentemente, cada mañana los camionazos cargados de fuel taponan las calles.
 
En Grecia no hay guardia urbana, o si la hay, no la he visto nunca.

A los profesionales de la conducción hay que darles de comer a parte. No os extrañe ver a taxistas fumando en el taxi o bebiendo frappé, incluso con clientes dentro. Hacen lo que les da la gana porque la calle les pertenece. En cualquier momento pueden parar y recoger transehuntes. Se saltan los semáforos, se meten por direcciones prohibidas, adelantan cuando no deben, giran de manera repentina y hacen pirulas con absoluta impunidad. Los chóferes de autobús no difieren mucho de los taxistas. Aunque no fuman, suelen hablar por el móvil y pisar el acelerador sin reparo alguno.

Los camioneros búlgaros y turcos son auténticos kamikazes. Conviene andarse con ojo si se pretende adelantarlos.

Si en España los más animales son los pizzeros, imagínense en Grecia. Como se lleva mucho lo de la comida a domicilio y las ciudades grandes están llenas de locales, toman las calles cuando empieza a oscurecer. Los repartidores se meten por zonas peatonales, se suben a las aceras, adelantan por donde no deben, se saltan los semáforos y aparcan en lugares prohibidos. Todos estos aprendices de Valentino Rossi se juegan la vida. Por lo general, no llevarán casco e irán hablando por el teléfono móvil todo el rato.

Hay pequeños talleres de reparación de motocicletas repartidos por toda la ciudad. Muchos de los vehículos están trucados y hacen un ruido espantoso. Algún día tiraré a un motorista de éstos al suelo por el puro placer de hacerlo. No los soporto.

El griego corre. A pesar de que el asfalto está cada vez peor, el griego en la carretera pasa de conductor a piloto. Se te pegará al culo y empezará a hacer señales con las luces para que te apartes y le dejes pasar. Van a saco y eso que hay baches.

Los únicos que no van rápido son los abuelos, que circulan por el arcén a paso de tortuga. También tienen su peligro, claro.

Lo de las preferencias en las rotondas, los cambios de sentido y el paso de los cruces no lo tienen muy claro, o mejor dicho, lo tienen claro a su manera. Recomiendo ir despacito y no alterarse cuando empiecen a tocar el claxon. Hacer sonar la bocina forma parte de la cultura griega y no hay que darle más vueltas. No suelen tener piedad con los coches que lucen matrícula extranjera o que son  de otra ciudad.


La gasolina ha subido mucho de precio con la crisis y algunos paisanos han devuelto las matrículas de uno de sus coches. La hojalata se acumula en los centros donde se recauda el impuesto de circulación. Sin embargo, se ven muchos jeeps y coche deportivos por el norte. Al parecer, hace unos años ibas a comprarte un todoterreno y el Gobierno “te subvencionaba”. La gente tenía jeep, pero no casa. La medida, que tenía como objetivo reactivar la industria automovilística del país, acabó endeudando a las familias, que ahoran no tienen ni para gasolina. ¿Qué industria automovilística si todos los coches son alemanes? A nadie le amarga un dulce, claro. ¿A quién no le gusta tener un buen coche?


Si vienen a Grecia y pretenden hacer una ruta durante las vacaciones, recomiendo alquilar un coche, siempre que el conductor no sea novato, aunque tengan en cuenta que el vehículo griego más cómodo para viajar sigue siendo el ferry. Los griegos al volante se vuelven agresivos, incívicos y peligrosos.

martes, 21 de mayo de 2013

Sanidad griega en primera persona: paga o muere.




Hace cosa de dos meses a un conocido le diagnosticaron un problema de corazón. Los detalles médicos son lo de menos; tocaba cambiarle una válvula. Una incómoda bronquitis y algunas molestias condujeron al susodicho al hospital. Tras vaciarle los pulmones de líquido y comprobar que la cosa no era tan grave, unas pruebas detectaron el problema. Dentro de la delicadeza de la situación, la cosa no era de suma gravedad. 

Empujada por el acojone del momento, la familia decidió operar al caballero lo antes posible. Poco se podía imaginar que la operación en sí sería lo de menos.

Una vez “deshinchado”, había que buscar un cirujano de garantías. Aconsejados por un familiar que trabaja en el hospital de su ciudad, decidieron que lo mejor sería que la operación se realizase en uno de los hospitales públicos de Salónica. Desechados los privados, que exigen muchísimo dinero, y otros públicos que están abarrotados, lo mejor era el “Palacio del Pánico”. 

Tras más de una semana en el humilde pero cómodo hospital de su pequeña ciudad, llegó el día del traslado. Desplazamiento de unos 90 kilómetros hasta “Alcatraz”. Citados a primera hora de la mañana, la primera impresión no pudo ser peor; cuatro o cinco horas de espera rellenando unos cuantos papeles y esperando a que se vaciasen las habitaciones. Dejen salir antes de entrar. La burocracia de este país desespera a cualquiera. Grecia es una larga cola en cuyo final hay que rellenar un estúpido formulario que no sirve para nada. Una vez concluidas las pruebas pertinentes, el paciente fue ingresado. 

Las instalaciones estaban muy mal conservadas, tanto por fuera -fachada y demás- como por dentro -habitaciones, pasillos, lavabos…-. Las habitaciones eran compartidas con uno, dos o tres pacientes más, no había televisión -se podía alquilar-, no había sofá, las mantas eran viejas y parecían sucias, las sábanas tenían algún agujero -y no se cambiaban nunca-, etcétera. 

Más que la incomodidad que todo ésto suponía para el enfermo, era la acompañante la que más lo sufría. Debía pasar un número indeterminado de días encima de una silla “de las duras”. Por la noche pasaba un empleado preguntando si alguien quería alquilar alguna tumbona o la tele. 

El paciente por momentos se siente desamparado porque a veces parece que las enfermeras pasan de él. De no ser por los familiares que ayudan, no sé qué pasaría. Con los días uno se de cuenta de que no es desinterés de las profesionales, sinó falta de personal y medios. 

Viendo que pasaban los días y que nadie confirmaba nada, uno no sabía si estaba allí de excursión o si directamente nos tomaban el pelo. Sin ir más lejos, uno o dos días después del ingreso al paciente le metieron un tubo que entraba por la pierna, con la incomodidad que suponía. Se lo colocaron al mediodía con la intención de sacárselo por la tarde, al cabo de unas tres o cuatro horas. Pues al final acabó durmiendo con el jodido tubo ahí. A estas alturas todavía no sabemos si no se lo quitaron por olvido o porque nosotros habíamos entendido mal. 


Sin bolsas de sangre no hay operación. 

En Grecia hay escasez de sangre por falta de donantes, por lo tanto debes conseguir tú la sangre antes de la operación. Afortunadamente, el hecho de que en la familia hubiera un par de donantes facilitó las cosas. No había riesgo de que se desangrase. 

Sin sobre no hay operación. 

Hasta que no se concreta la fecha para la operación pasan unos días, los necesarios para “sellar el pacto”. Durante este intervalo de tiempo van comiendo la moral del paciente y de los familiares, que van y vienen como pollos sin cabeza. El cansancio se acumula y cuesta dormir. 

Mientras estás allí, vas y vuelves del trabajo, te lo combinas con otros familiares, etcétera, no se entera uno de muchas cosas. Lo del sobre es lo más clamoroso, aunque ya me lo suponía. 

Una señora llevaba una semana en el hospital y no la operaban porque no tenía dinero. Es más, la pobre mujer venía desviada de otro hospital que se la había quitado de encima. Quizás lo mejor de la estancia sean los vínculos de amistad que se generan, porque acaban conociéndose y mezclándose familiares de unos y otros en la máquina de cafés.

Lo más grave, en mi opinión, es el grado de hipocresía contra el que tienes que luchar. Cuando preguntas el motivo por el cual tienes que pagar a un médico en negro, la única respuesta es “en Grecia esto funciona así” o “es que todos lo hacen” o “si no pagas, te correrá el turno”… Me enervó. Ellos, en cambio, se ríen cuando me escandalizo. 

Presumir de sanidad gratuita cuando estás soltando un sobre para evitar desangrarte es gravísimo. Es puro chantaje. De lo más ruin que he visto nunca. Si no pagas, ya sabes. Aunque no tan grave, es parecido a la  mentira esa de que la educación en Grecia es gratuita. 

No es agradable tener que ir preguntando por ahí a otros familiares cuánto han pagado ellos por la operación. Incluso a enfermeras, que van dando largas hasta que te dicen que lo mejor es preguntar al médico. 

Por una válvula que al final no cambió -corrigió, aunque eso es lo de menos- el cirujano se llevó 1000 euros. Solo tenéis que multiplicar por los pacientes que hay y por los años que lleva trabajando ese señor ahí para entender de dónde salen algunas fortunas en Grecia. ¿Habrá “tarifas establecidas” dependiendo de la gravedad de la operación? ¿Se negocian? ¿Y los que no tienen?

Después de “la transacción” nadie ha visto nada, nadie habla, nadie dice. Los médicos que chantajean vilmente y se aprovechan de una complicada situación familiar, deberían se colgados. O condenados a cadena perpetua, claro.

Una vez operado el paciente fue trasladado a la UVI, donde estuvo dos o tres días ante la falta de camas. Mejor retenido en una cámara donde te vigilan a todas horas que no en planta. Con la válvula enderezada, que no cambiada, el paciente regresó a la habitación. Es entonces cuando el enfermo deja de ser enfermo para convertirse en “problema”. No es normal que estando como estaba lo mandasen para casa tan pronto. Había que hacer sitio. Le dieron el alta sin que los familiares estuvieran de acuerdo, pero qué le vamos a hacer. Uno acaba solidarizándose con los que esperan en la entrada porque ha pasado por lo mismo y aguanta.


viernes, 28 de octubre de 2011

Un San Demetrio accidentado.



En el post de ayer me dediqué a explicar las dos celebraciones que tenemos esta semana. Lo sucedido ayer merece otro, aunque sólo sea para completar y hacerse una idea de lo que se está viviendo por aquí.

Resulta que, además de celebrarse ayer el patrón de Salónica, en Bruselas se decidía la quiebra o no quiebra de Grecia, el recorte o eliminación de la deuda, etcétera. Es curioso ver como ahora todo el mundo sabe de economía. Incluso en los bares o en el autobús la gente habla de dinero, de hipotecas y de impuestos. Cuando salió Fernando Alonso, todos entendían de mecánica automovilística y de estrategias de equipo. Sabemos más de economía que los propios economistas, y el presidente y sus ministros son unos incompetentes.

Tras ocho horas de negociación, los ministros de los países más afectados por la crisis han dado sus respectivas ruedas de prensa a las tres de la madrugada. A Grecia le quitan el 50% de lo que debe, dicen. Ya se lo cobrarán por otro lado, digo.

Por cierto, me comentaron ayer que el desfile del “Día del No” les cuesta a los griegos una pasta enorme, con lo que posiblemente sea el último que se celebre. Es de sentido común aunque seguro que hay gente que se queja.


Pero ese no es el tema del que quiero hablar hoy.

El día de San Demetrio levántate temprano si quieres coger un buen sitio porque la iglesia se llena hasta los topes. La misa mayor empieza antes de las 8 y acaba casi a las 12. Aguantar las 4 horas es misión imposible. Como lo “importante” de la liturgia suele ser entre las 9:30 y las 10:30, se debe entrar por la puerta a eso de las 9.  Ayer, ni por esas. La cola a las 9:30 llega a la calle, donde se han colocado las velas y un icono que la gente venera. Evidentemente, paso de hacer cola e intento hacerme sitio dentro de la fila que entra al templo. El interior de la iglesia parece un mercado. La gente va y viene co velas en la mano intentando clavarlas y encenderlas donde toca, tarea harto difícil porque hay codos por todas partes. Calculo una media hora para “saludar” a los iconos grandes que hay junto a las velas y renuncio. Cojo la mano de mi mujer y casi a gritos le digo que huyamos de ahí, porque hay mucho ruido. 

En días como estos lo mejor es subir las escaleras y seguir la ceremonia desde las alturas. Sentadas en las escaleras encontramos a las “primeras víctimas”, es decir, aquellas a quienes les flaquean las piernas. Cualquier agujero es bueno para aposentar el trasero, a pesar de correr el riesgo de que te pisen y de que no veas absolutamente nada. En la parte de arriba no hay tanta gente, aunque evidentemente es más estrecha, cosa que dificulta la circulación. En los laterales apenas hay una fila de bancos que llevan ocupados desde primera hora de la mañana. Con suerte hay sitio en el “fondo sur” y podemos apoyar la espalda contra la pared. 


Desde arriba el lugar luce espectacular. La presencia de algunos políticos y de muchos militares me molesta bastante, porque “roban” el sitio de la gente de a pie. Se nota que ayer pasaron el brillo a las lámparas, que utilizaron la aspiradora para limpiar las alfombras y que los policías llevaron sus uniformes al tinte. Un gran cuadrado cerrado con barras y cuerdas separa al pueblo llano de “los ladrones”. 

Las celebraciones ortodoxas se realizan detrás del iconostasio, con lo que la gente no ve nada. El mejor sitio para intentar seguir la Eucaristía y “ver lo que se cuece” es el que hay al fondo de la zona alta. Acceder a ella en días como éste es casi imposible. Arzobispos y curas rodean el altar. Mucha barba blanca y mucha barriga. El poder y la riqueza de la Iglesia Ortodoxa en Grecia es exagerado. No me cansaré de decirlo. Pero la gente responde.


Los cantos bizantinos transcurren uno tras otro y prácticamente no se detienen nunca, contestando lo que dice uno de los obispos e iniciando otro salmo que será repetido casi hasta el infinito. Para que os hagáis una idea, no hay menos de treinta hombres divididos en dos coros, situados uno a cada lado de la nave principal. Algunos tienen un auténtico vozarrón que, unido a la potencia de los micros, hacen que uno se quede sordo. Los cantantes tienen mucho protagonismo durante la celebración. 

Como estamos en la parte de arriba y cerca del pasillo, se hace difícil centrar nuestra atención en la misa. Lo abuelos se han vuelto a poner el traje, las señoras mayores cuchichean y nos muestran el peinado que se hicieron ayer en la pelu, los niños pequeños aguantan poco y van de un lado al otro sin estarse quietos, los extranjeros se pierden o no saben dónde ir, la gente joven envía mensajes por el móvil, etcétera. Todo ello envuelto en un ambiente festivo menos religioso de lo normal. No es de extrañar que el Arzobispo Metropolitano de Salónica llame al orden. Como cada año, dos enormes iconos fueron puestos cerca del iconostasio, al fondo de los pasillos, para que le gente pudiera besarlos durante la celebración. Normalmente, la gente va pasando en fila durante la misa. En medio del caos los hay que echan fotos y no respetan el turno de la fila, claro. Este año había seguridad privada y por orden de los de arriba se prohibió “la procesión”. 

En el pasillo unos van y otros vienen. Las abuelas se han sentado en unas pequeñas escaleras que están justo al principio del pasillo, con lo que ayudan poco a la buena circulación de la gente. No hay quien las mueva. Además, tienen una posición privilegiada desde la que ven algo de la ceremonia. “No nos moverán”. De repente, ante mi incredulidad, veo que por una esquina asoma un hombre mayor con bastón, que no logro comprender qué hace ahí. Es cojo y le cuesta caminar. No entiendo cómo diablos ha conseguido subir las escaleras. A duras penas y apoyando el palo entre los pies de la gente consigue pasar al otro lado. Nuestro sitio era bastante bueno, aunque, como sucede en estos casos, hay gente que se coloca delante de ti cuando crees que va a ser imposible que alguien quepa entre esas dos viudas bajitas. Siempre cabe uno más. 

Otra de las situaciones habituales es la de la señora mayor que se va. Fue la que llegó muy pronto, como debe ser, y encontró sitio. Ahora se quiere ir, pero hay tapón. Encima, se halla atrapada entre el banco de madera y “el balcón” de piedra. Está en “barrera”, con lo que muchos coyotes revolotean por allí en busca del preciado tesoro. Dos o tres señoras ayudan a mover el banco para que la mujer pueda salir. El que menos ayude es el que se llevará el sitio, me digo. Y efectivamente, premio para el calvo del bigote, un caradura que había llegado el último. Porque esa es otra. Los últimos serán los primeros. Sigue entrando gente cuando la misa está apunto de terminar y sólo hace que molestar. Es como entrar en el último toro porque es gratis. Y pobre de ti si les dices algo. 

Uno de los diáconos lee el Evangelio desde el púlpito ante la atenta mirada de los feligreses, quienes como yo, no entienden nada porque es en griego antiguo. Es acabar la lectura y salir buena parte de la gente en estampida. Los conflictos entre los que se marchan y los que llegan aumentan considerablemente. Yo no entiendo ni a los que se van ni a los que acaban de llegar. Los que lo pagamos somos los que estamos junto a las zonas de paso. ¡Inocentes de nosotros, que creíamos tener el mejor sitio! 

Aguantamos algo más de dos horas -o a mí me lo pareció-. Pero el show sólo acababa de empezar. La verdad es que mejor nos hubiera ido esperar un rato. A uno le da la impresión de que todo el mundo ha decidido marcharse justo cuando lo haces tú. Las escaleras han quedado prácticamente bloqueadas y bajarlas sin tropezar será objetivo difícil. Un ciudadano se la juega por la rampa de piedra con riesgo a romperse la crisma. Apenas ganará unos segundos al crono, el muy imbécil. Algunos van a contracorriente y suben mientras el 90% de la gente baja. Estoy por soltar un “éstas no son horas, señores”. A medida que vamos bajando, la dificultad para moverse es mayor. El tapón que se ha formado en la puerta no permite ni ir para adelante ni para atrás. Se oyen gritos de los que están fuera, pero los que están dentro empujan. Gracias a la montonera, podemos acceder a las velas, que apenas podemos encender y clavar entre tanto sudado. Nada más colocar la vela, aparece un barbudo sucio y la quita junto a muchas otras ante las protestas de la multitud. Es el encargado de hacerlo, pero muchas velas apenas llevan unos segundos encendidas y el cabreo de la gente es palpable. Una mujer le grita: “¡ustedes hacen negocio, no tienen vergüenza, no tienen vergüenza! El hombre se defiende diciendo que sólo cumple órdenes y que no hay sitio para más velas. Es bastante patético, la verdad. Rendimos homenaje a las imágenes y decidimos salir. Por la puerta principal de la iglesia no se puede porque está reservada a las autoridades y porque hay “soldaditos” formando. La gente está siendo literalmente aplastada, pero nadie hace nada. Nos movemos a paso de tortuga. Siguen oyéndose gritos desde fuera de gente indignada que quiere entrar, aunque la ceremonia está prácticamente acabada. 

Una vez fuera hay que cumplir la tradición de echar un vistazo a las tropas. Junto a la iglesia los espabilados han plantado su chiringuito: imágenes, llaveros, panecillos, cirios, recuerdos y demás. Han cerrado la calle, pero detrás de la valla hay indignados con pancartas. Y allá que me voy. Aunque hay policía y soldados, no ponen problemas para que la gente se acerque a la zona donde está el alcalde. El señor Boutaris se coloca justo en el lugar donde aparcan los coches oficiales y recibe a las autoridades a medida que van llegando. Algunos políticos de segunda fila son los que hacen acto de presencia este año. Llegan casi al final de la misa para hacerse la foto y dirigir unas palabras a las televisiones. La gente increpa a todos y cada uno de los “luce chapas” que van llegando. Nos hallamos entre los indignados y las autoridades, con lo que en caso de que lloviesen proyectiles en forma de huevos o yogures, podríamos acabar siendo víctimas colaterales. El más vilipendiado es el que tiene mayor rango, el ministro de defensa, que encima provoca saludando a la gente y gritando como el que más. Sorprendentemente, nadie tira nada. La reflexión que nos hacemos mi mujer y yo es la de que la gente “no puede más”. Ni siquiera respetan el día del patrón. Cualquier cosa puede pasar aunque yo le digo que: “con 6100 euros al mes que cobra cada diputado -los ministros bastante más- me dejo insultar. Va en el cargo”. 


Como siempre suelo establecer paralelismos e inventar metáforas, traslado lo vivido a la situación del país. La gente con un cabreo del copón, asfixiada por las deudas y marginada por la clase dirigente, encantada de haberse conocido. Unas fuerzas del orden que sirven a la voz de su amo y bloquean las puertas del pueblo, un pueblo sumido en el caos que intenta entrar por la puerta a empujones y aplastando al otro si es necesario, porque no lo respeta y no le importa. La iglesia poderosa intenta poner orden dentro del templo, su casa, pero a la vez “sacude” al gobierno. Los sermones finales del arzobispo suelen ser duros con el poder y muchas veces más políticos que religiosos. Los que protestan no saben muy bien a quién representan y no tienen una cabeza visible, pero “disparan” contra todo y contra todos. De ese desorden y de esa falta de uniformidad intentan sacar provecho los partidos de extrema izquierda, que están siempre en contra del gobierno, diga lo que diga. En un caldo de cultivo como éste y tras la resolución de ayer en Bruselas, todo irá a peor. Ya veréis.  

jueves, 9 de junio de 2011

Una tarde en IKEA.



Como el centro comercial del que hablamos está en las afueras de la ciudad, habrá que coger el coche o el autobús. Si se coge el segundo, correremos el riesgo de tardar más de una hora en llegar. Es el trayecto más largo de todas las líneas que existen y recorre la ciudad por dentro de punta a punta. Encima, como seguramente da la casualidad de que vas a la hora en la que todo el mundo circula por la calle, te quedarás atascado entre parada y parada. 

Supongamos entonces que la opción escogida es la segunda. Para llegar al destino hay que coger la circunvalación y así llegaremos antes. Uno nunca acierta con la salida exacta porque hay varios centros comerciales en la zona y cada uno tiene su entradita. Además, hay una serie de rotondas, todas iguales, que complican mucho el cometido. El paso subterráneo no hay manera de encontrarlo a la ida. En cambio, para cogerlo a la inversa nunca hay problema. Son más que probables las equivocaciones, sobretodo las primeras veces. Después de tomar varias curvas en herradura y hacer maniobra para que pase el autobús, entramos en el fabuloso mundo del parking. 

De tan grande y tantas plazas, uno se abruma. Y coches por aquí y por allá circulando y haciendo marcha atrás por todos lados. Como siempre, hay que acercar el coche lo más posible a la entrada a pesar de que a menos de treinta metros hay sitio para tres o cuatro camiones. Ves un hueco a veinte metros y un coche, que entra por el otro lado, se convierte en tu enemigo. Ambos perseguís el mismo objetivo. Das un par de acelerones para llegar el primero. Resultará que es el hueco reservado para minusválidos y le darás un golpecito al volante en señal de rabia. 

Hay gente que parece que vaya al parking a aprender a conducir. Los giros y las maniobras, además de las señales, serían dignos de lugar de examen de conducir. Pero claro, aquí los conductores expertos hacen lo que les sale del embrague. 

Finalmente, con cara de resignado, el chófer regresa a la zona de nadie, donde no hay sombra ni coches. Dejamos el coche en el “Búho 7”, es decir, el que está más lejos. Como para buscar una excusa por su falta de pericia al volante o para justificarse, el chófer apuntará que “así estamos más cerca de la carretera…”

Con el tiempo, uno se da cuenta de que lo mejor es aparcar el coche cerca de la puerta de salida, claro. 

Tras pasar la enorme puerta giratoria, que uno siempre tiene la impresión de que se va a parar cuando pasas, el aire acondicionado te golpea en la cara. En el hall de la entrada la gente no para de estornudar. La veteranía nos aconseja ir al baño. No viene mal descargar antes de la excursión y refrescarse un poco. Los lavabos son de lo más moderno aunque por estadística, de cada cinco tazas una está embozada. 

En la entrada habrá gente “jugando” con los cajeros automáticos estratégicamente situados. También hay una zona de guardería allí para dejar “a las fieras”. Será ver tanta pelota, tanto tobogán y tantos muñecos, que no habrá manera de frenar a los churumbeles. Las pobres chicas que vigilan están hasta las pelotas, pero no les queda otro remedio que seguir gritando al que baja boca abajo por el tobogán. No aconsejo asomarse al lugar, porque los niños se descalzan y se contagian los piojos animadamente. 

En el IKEA beberemos agua aunque no tengamos sed. El mero hecho de darle al botoncito y manejar la maquinita nos excita. ¡Y encima es gratis! Incluso hay gente que bebe cuatro o cinco vasos. 

Muchas veces vamos al centro a pasar el rato. En teoría, a no comprar nada… “pero coge la bolsa amarilla por si acaso”. Las primeras cuatro o cinco habitaciones serán examinadas al detalle. Que si las lámparas por ahí, que si la cocina por allá, etcétera. Y nos sentaremos en el sofá, que tiene el agujerito hecho de tanta gente que se ha sentado hoy. Los hombres solemos poner pegas, pero a las mujeres todos los sofás les parecen cómodos y baratos. “Qué bien quedaría en el salón enfrente de la tele…” La alfombra, requetepisada, está muy sucia y acumula ácaros. Los cajones de la cocina y las vitrinas son abiertos una y otra vez por simple curiosidad. 

Los elementos de decoración son peligrosísimos porque todos caben en la enorme bolsa amarilla. Ni el saco de Papá Noel es tan grande. El hombre cargará con el petate y al segundo o tercer objeto empezará a quejarse del peso de la jodida bolsa. Se producirán discusiones de pareja incluso subidas de tono. Según él, en la casa no cabe nada más. Según ella, cualquier rincón es susceptible de ser decorado. En todas las repisas caben marcos de fotos y en las mesas velas de todo tipo. Sorprende la gran cantidad de velas diferentes que venden y el éxito que tienen. Muchas veces se compran velas pero nunca se encienden. Ella va a lo romántico y él a lo práctico. En este “clásico” toma y dacha a ella le da por mirar los pisos de 35 metros cuadrados. 

Los hombres no entienden el motivo de la vuelta de reconocimiento por dentro del falso pisito. Ellas lo justifican todo. Dicen que sólo miran y cogen algunas ideas, pero empiezan a abrir armarios como si el piso fuera suyo. Volveremos al pasillo y nos sentaremos en cualquier silla o sillón que haya por ahí. Parece mentira pero las mujeres se pierden dentro de esos falsos pisos del IKEA. 

Aparece el cansancio y todavía no has llegado a lo que te gusta, el bar. Por suerte, otra maquina de agua milagrosa asoma en el horizonte. El típico cartel de plástico en el suelo avisándote de que el piso está resbaladizo, te indica el camino. Y vuelves a beber aunque no tengas sed. Te tomas un respiro y observas a la gente yendo de aquí para allá como poseída, con los carros ya llenos cuando “la carrera” sólo acaba de empezar. Debéis evitar echar un vistazo a los carros de los demás, porque “seréis tentados”. Sentiréis envidia de aquella percha, de aquella toalla o de aquella sartén que no hubo manera de encontrar. Lo peor es que el síndrome aparezca cuando ya estás en la cola de la caja. Porque ahí los carros te los encuentras aunque no quieras. Se llega incluso al caso de preguntar a la vecina de dónde diablos ha sacado esa lámpara. Para satisfacer algún capricho, el carro saldrá de la fila y “el esclavo” volverá atrás para intentar encontrar la reliquia. Ella aprovechará esos escasos dos minutos de ausencia para darse otra vueltecita más.

La zona de las camas está llena de gente tumbada a la bartola. Son los vagos que, con la escusa de probar lo cómodas que son, se pegan una siestecita. Se lleva mucho lo de tocar las almohadas y saltar para comprobar los muelles. Sigue pasando gente y empiezan el mareo y las ganas de cagar. Son sensaciones que van unidas en estos lugares. Y un gusanito empieza a runrunear en el estómago. 

A la hora y cuarto recomiendo no pararse cerca del pasillo, porque la gente empieza a sudar. El olor del tío sudado, generalmente en chándal, que se cree alguien porque en el carro lleva a sus dos hijos pequeños, puede arruinarte el día. Arrastran la peste y enseguida buscas alguna vela perfumada donde poder meter la nariz. Pero el calor no ayuda y el agobio crece. Además, en la sección de niños huele a caca. 

A mí lo que me gusta es abrir cajones en la cocina. A la mierda lo demás. Es curioso ver como las mujeres, que en teoría suelen ser las cocineras de las casas, no se interesan lo más mínimo por las mismas. La de utensilios que salen por ahí dentro. ¡Y la de chorradas que hay! Todo con su precio puesto y con su tontería. 

Ellas prefieren coger el metro de papel y ponerse a medir. Las medidas de los muebles vienen escritas pero no importa. Y con el metro los lápices. En todas las casas del mundo hay algún lápiz del IKEA. ¿Quién no se ha llevado una docena alguna vez? Al salir hay unas cajas donde depositarlos para reciclaje. No hace falta decir que las cajas están siempre vacías. 

Los muebles son medidos tres o cuatro veces, pero al llegar a casa nadie se acuerda de nada. El sitio donde pensaba uno ponerlo es demasiado estrecho con lo que todo queda en agua de borrajas. Pero da igual. Lo bonito es medir, discutir, robar los lapicitos y chocar con los carros. Ya a la altura del restaurante, estratégicamente situado al mitad del recorrido, uno siente la necesidad de tomar algo. Lo del marketing lo tienen absolutamente dominado. La comida está tirada de precio y los desayunos son de cuchillo. Además, ¡los martes te regalan el café! ¿Quién va un martes al IKEA? Pues ahora ya lo sabéis. Bebes algo siempre reutilizando el vaso para tomar más de una ronda y así amortizar el mísero precio que has pagado, etcétera. 

La segunda mitad del recorrido se hará de manera más rápida, en parte porque los muebles ya se han visto y los pisitos y las camas también. En la zona de los despachos veremos ordenadores portátiles que tocaremos, confundiéndolos con verdaderos y libros, todos iguales, escritos en sueco. La gente, algo cansada, parece tener prisa por llegar a la meta y empezará a coger atajos con el carrito. 

Pasaremos la zona de baños, la de lámparas y bombillas, la de alfombras y alguna más, hasta llegar a la zona que yo llamo “de los restos”. Allí es donde están las cosas más útiles y baratas. El sueño de todo comprador compulsivo. No importa si la bolsa está ya hasta arriba. Unos platos de plástico que “ya utilizaremos alguna vez”, un cortador de fruta que vale dos euros, tres sartenes a precio de una, una taza de café, un cuchillo… Ahora todo vale y todo cabe. Pero si pasa de cuatro euros no, que hay que ahorrar y no está el horno para bollos. 

Justo antes del final y tras desesperarse el miembro varón de la pareja porque ella sigue oliendo velas en una esquina, llegaremos a la zona de las macetas. Hay unas plantas que llevan el líquido elemento incorporado, unos cactus minúsculos y poca cosa más, pero la gente llena el carro para dar envidia al otro piloto. 

A continuación, el almacén se nos presenta inhóspito, lúgubre, solitario. ¿Dónde se ha metido todo el mundo? Apenas encontraremos un par de operarios moviendo cajas por allí dentro. Los enormes pasillos con sus letras y sus cajas saludarán al viajero y le recordarán que es su última oportunidad.

Uno de los dos errores que suelen cometerse en este momento del trayecto es el de creer que dentro del carrito que llevamos cabe absolutamente todo. Y no es así. “Las medidas engañan“, podríamos decir. Lo que en la exposición parecía una mesita de noche ahora parece una mesa de salón enorme que pesa un huevo y medio. Deberemos ir en busca de los otros carros, especialmente diseñados para transportar según qué tipo de paquete. El segundo error es el de no haber anotado el número del pasillo donde se encuentra el mueble que nos interesa. Habrá que hacer memoria y volver atrás para reencontrarse de nuevo con el objeto de deseo. Se nadará a contracorriente con lo que conviene ir cogiendo pequeños atajos o moverse por las esquinas.

Concluida la visita, sólo queda rendir pleitesía a la zona de oportunidades, donde hay muebles defectuosos o que estuvieron en vitrinas de exposición, y el perrito. El mega carro es incomodísimo y la maniobrabilidad dificultosa, pero no importa. La salchicha pide cita con el estómago. No importará tener que hacer cola durante más de quince minutos ni tener que claudicar ante sudores y malos olores. El hot dog a sesenta céntimos se vuelve irresistible incluso ante los ojos de Dios. Y por un poco más puedes llenar todos los cubos de cola que quieras. La mayoría engulle más de un perrito e incluso llena la bolsa para llevárselos a la playa. Es la auténtica comida rápida porque apenas dura cinco minutos en nuestras manos. Abusamos del Ketchup y la mostaza, manchando luego la mesa como es de merecer. El carro espera paciente en medio de dos mesas llenas de chavales que no paran de eructar. Hay grupos de chicos que no van a IKEA, van al frankfurt del IKEA a rellenar la tripa. Hasta que el cuerpo les diga basta. 

Volveremos a llenar el vaso de plástico, lo taparemos y cogeremos una pajita. Añadiremos mucho hielo porque queda camino por delante. No importa sentirse hinchado y falto de respiración. Gula. A veces da la impresión, cuando uno ve a según qué grupo de guiris, que prefiere irse con el perrito en una mano y con la bebida en la otra, que con el carro. A veces se ponen a tragar a toda velocidad porque el padre de familia está hasta los mismísimos de esperar. A eso le llamo yo apurar.

Y llegamos al final con otro “gran clásico”. Voy a ponerlo en mayúsculas para que os enteréis todos: LOS COCHES NO SON FURGONETAS. Nos creemos que en el coche cabe absolutamente todo. Como existe una especie de trauma si nos vamos con el carro vacío, lo cargamos con cosas largas y pesadas hasta los topes y dejamos de ser conscientes de que el coche no es un vehículo de carga. Creemos que algunos muebles pueden entrar en el coche por la fuerza. ¡Las piezas no son flexibles!

A veces es cuestión de orgullo lo de meter algunas cajas o maderas. Buscamos colocarlas en diagonal, bajando el asiento del copiloto, cerrando dulcemente el maletero, etcétera. Pero no hay Dios que lo meta. Habrá que quitar la parte de atrás, sacar los balones de los niños y los juguetes, y “desnudar” el maletero. A ver si así… Dará igual que parte de la tabla salga por la ventana con tal de no pagar a un transportista. Deberían poner un aviso: los muebles del IKEA pueden provocar accidentes. 

El maletero a rebosar, a veces incluso semiabierto y atado con unas cuerdas, las cajas moviéndose de lado a lado en las curvas, el cambio de mano invadido por la madera, un almohadón en el culo… La falta de visibilidad para el piloto es notable, pero no importa; todo sea por no pagar un pequeño plus. 

Muchas veces se da el caso de que, una vez colocado todo, no cabe el copiloto. Habrá que volver a empezar. En familias grandes se deberá elegir entre la mesa de la cocina o la abuela, para hacernos una idea. O que los niños vuelvan en autobús. 

Tras forzar puertas y ventanas, apretar a los niños y aplastar a la abuela, todo parece en su lugar. Habrá que subir los muebles, las maderas y los artículos comprados en el ascensor o por la escalera, según la circunstancia. Y entonces, justo en el momento de tener que montarlo todo, la gente que te pedía que la llevases al “paraíso“, desaparece misteriosamente entre las cajas.       

jueves, 7 de abril de 2011

Metéora: un rincón cerca del cielo.


 

Metéora es otra cosa. No hay nada igual.

No son sólo montañas o monasterios. Es un mundo distinto dentro de nuestro mundo.


Metéora está a algo más de 200 kilómetros de Salónica, con lo que conviene salir prontito. Siempre es recomendable llevar un mapa, aunque es casi imposible perderse. Lo ideal sería llegar a Metéora a eso de las 10 para poder ver todos los monasterios. No contábamos con el hecho de que a las 14:00 cierran algunos. 


No conviene pasar por Kozani porque hay una zona con muchas curvas. Hay que seguir por la costa hacia el sur.

El viaje es pesadito y largo, aunque la carretera es recta. Nos movemos a ritmo de los 70. El coche parece que lo conducen un grupo de melenudos. Lo peor del viaje es que hay que cruzar la ciudad de Lárisa, que es bastante grande. Es inevitable porque allí nos desviamos hacia el interior, dejando atrás la “autovía”. Hay un tramo antes de Lárisa con tres o cuatro peajes que te cortan el ritmo y te agujerean el bolsillo. 

Antes de Lárisa habíamos pasado por Katerini y por el Olimpo, que seguía en el mismo sitio que el día anterior.


En las carreteras griegas raras veces encontramos rotondas. Para cruzar Lárisa tienes que comerte un montón de semáforos. Además, fuera de la autopista, las carreteras son bastante malas, llenas de baches y socavones. Me salté un semáforo con todas las de la ley ante el enfado de mi mujer. 

Ni el chófer ni el coche daban más de sí. La banda sonora terminó. Afortunadamente, la ciudad de Tríkala es más pequeña y se pasa por fuera.  

Finalmente, conseguimos llegar a Kalambaka, que es el pueblo más cercano a Metéora. Desde el pueblo hasta arriba hay una subida respetable aunque son pocos kilómetros. Nos pilló un día de potente calor y al llegar al primer monasterio olía a chamusquina. Las gomas del coche empezaban a llorar. 


Las montañas de Metéora son como una especie de champiñones o setas. Sus formas son extrañas, como de cuento hadas. Y encima de las setas, casitas, como si estuvieran suspendidas en el aire. Precisamente, la palabra “metéora” significa eso: suspendido en el aire.  

Los monasterios son Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde el año 1988. Actualmente sólo hay 6 en funcionamiento de los 24 que llegaron a haber en el siglo XVI. Una pena. Además, los monjes apenas se dejan ver. Con lo bonito que sería verlos por ahí con sus barbas y sus piojillos…


De los seis monasterios, uno es de monjas. Se pueden ver todos en una mañana aunque hay que tener en cuenta que el último cierra a las 16:00 de la tarde.

Los seis monasterios abiertos al público son:

- Monasterio de la Santísima Trinidad.
- Monasterio de Santa Varvaras Rousanou
- Monasterio de San Esteban.
- Monasterio de San Nicolás Anapafsa
- Monasterio de Varlaam
- Monasterio Gran Metéoro  

Creo que conseguimos ver 4, que no está mal.


Al parecer fue en el siglo XI cuando algunos eremitas y anacoretas empezaron a colonizar la zona. Antes de ser construidos los monasterios, los eremitas vivían en las cuevas que habían en las rocas. Se aislaban totalmente del mundo exterior. Algunos huyeron allí escapando de la persecución de los turcos. Poco a poco se fue transformando en lugar de peregrinaje y con los años se ha convertido en una de las visitas obligadas cuando uno va a Grecia. Después de Pascua no se cabe en los monasterios. Conviene buscar fechas alternativas.


Afortunadamente, cuando fuimos no había muchos turistas tocapelotas por la zona. Apenas algún autobús de rusos o búlgaros y un grupito de italianos. Pudimos comprobar como la gente alucinaba con el paisaje. No paramos de echar fotos desde el primer momento hasta el último. 

Hay que ser respetuosos y de ahí que las mujeres deban ir correctamente vestidas. Además, no se deben hacer fotos dentro de las iglesias, todas plagadas de pinturas bizantinas. Incluso detectamos la presencia de cámaras.

Subir las escaleras de piedra, construidas a principios del siglo XX, es un poco cansado, pero merece la pena. Algunos monjes se trasladan de un monasterio a otro por el aire, mediante un extraño sistema de correas. Pero la gente de a pie debe castigarse. Más que subir, trepamos.

Uno no puede hacer otra que preguntarse cómo diablos han podido construir aquello ahí. ¿Piedra a piedra? ¿Cómo es posible? 


He leído que durante siglos se utilizaba un sistema de escaleras desplegables o algo así, aunque generalmente los monjes no solían salir de excursión. Todo lo que necesitaban se lo facilitaban desde abajo y lo subían en una especie de ascensor movido a base de poleas. Rústico y efectivo. ¿Pero cómo se hizo la construcción? Por muchas explicaciones que te den, no te lo acabas de creer.

Como nos hacen pagar en un monasterio por ser extranjeros, fingimos en el siguiente que somos griegos para no pagar. Un poco tacaño, pero después de la subida y del sufrimiento me niego a pagar.


En uno de los monasterios hay una exposición muy interesante sobre la historia de Grecia, con obras de arte incluidas, documentos, armas, vestidos de época, etcétera. Tras hacer fotos y dar una vuelta por dentro de los lugares, descendemos para dirigirnos al siguiente. Sin prisa pero sin pausa. Hay que coger el coche. Caminar de uno al otro con el calor que hace no compensa y mata.

Casi sin quererlo la tarde se nos ha echado encima y el estómago pide que le den de comer. Bajamos de la montaña y cogemos la carretera principal en dirección a Kalambaka, que está muy cerca. Y cuando todavía no hemos entrado en el pueblo, una aparición: Kondosoubli.

                                   La Santísima Trinidad.

La carne empalada echando humo frena el coche y nos dejamos guiar por la nariz. Algunos nos saltaremos el ayuno. El grupo de italianos que habíamos visto arriba también ha sucumbido ante la carnaza. Intercambiamos algunas palabras con la dueña, que nos dice que la temporada fuerte empieza a partir de Pascua.

Hay muchos hoteles, apartamentos y campings por la zona, además de restaurantes. La gente y los negocios hacen vida junto a la carretera. 

La vuelta, sobre todo para el piloto, se hace insoportable. Hay ganas de parar a tomar un café o algo, pero Salónica queda muy lejos y no es plan de apalancarse. A la ida no me había dado cuenta de la cantidad de cruces y semáforos que hay en la zona de Lárisa. Terrible.

Paramos en Tembi, a la vuelta, y cruzamos un río. Allí se halla la iglesia de Agia Paraskevi y de una cueva casi inaccesible brota agua bendita. El puente se mueve.


Realizamos una segunda parada estratégica en Platamonas para echar unas fotos al castillo. El sol está cayendo detrás de la montaña y estamos ya al lado del mar. Ponemos gasolina y nos hinchan las ruedas, que están viejas.