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viernes, 8 de julio de 2011

Amouliani, una agradable sorpresa.




Situada entre la segunda y la tercera pata de Xalkidikí se halla la isla de Amouliani. Es bastante desconocida fuera, aunque en el norte son muchos los que pasan allí sus vacaciones de verano. Al estar cerca de Salónica, saliendo pronto puedes pasar un día de excursión agradable. Yo recomiendo un fin de semana o tres días. La isla es tan pequeña que no da para más días, a no ser que la intención sea la de quedarse a descansar y relajarse.

Desde Salónica hay varias rutas que nos llevan a la tercera península. Lo más rápido es coger la Egnatia hacia Kabala y luego bajar por Olimpiada. La carretera hasta el desvío es muy buena y luego, aunque empeora ligeramente, es aceptable. Por el sur suele haber tráfico los fines de semana y la carretera se vuelve carril único cuando nos acercamos a la segunda pata. Con todo, si uno no tiene prisa en llegar, puede ir parando en algunas de las playas que hay cerca de la carretera. Por el interior hay otra carretera de curvas que no recomiendo, a pesar de tener tramos realmente bonitos. En invierno, si lo que se pretende es visitar pueblos, se puede ir por dentro haciendo paradas.

Para cruzar a la isla hay que llegar hasta un lugar llamado Tripití. No es ni siquiera un pueblo. Podríamos considerarlo como el muelle de Nea Roda, que es la población que queda a pocos kilómetros. No es necesario llegar hasta Ouranópolis, que está más abajo, para cruzar. 


El barco que nos transporta a la isla es pequeño pero hace muchos viajes. Sale cada media hora. Amouliani se ve desde la orilla, así como otras pequeñas islitas que hay alrededor. A lo lejos se divisa el Monte Athos y la península de Agio Oros.

No es necesario embarcar el coche. Hay gente que aparca el coche en el muelle y cruza a la isla sin vehículo. Desde luego, en la isla de Amouliani el coche es prescindible si lo que se quiere es sólo permanecer allí un día o dos. En coche la isla puede ser recorrida en menos de un día.

Los vehículos de Amouliani son las barquitas de motor. Se alquilan en cualquier lado y no hace falta tener ningún carné especial; sólo el de conducir. Desconozco el precio por día, pero no creo que sea muy caro y además te permite moverte de lado a lado muy cómodamente. Incluso existe la posibilidad de acercarse a las caletas de las otras islas, cosa que con el coche es imposible porque no llegan barcas grandes. 

Una opción interesante y económica es la de coger un enorme barco decorado a la antigua, como de piratas, que te da una vuelta grande a la isla, realizando paradas para el baño. La gente joven de la zona lo prefiere porque sale bien de precio y te lleva a las mejores playas. Lanzarse al mar desde un barco pirata es un lujo. El barco echa un rato el ancla y el que quiere se tira al agua y nada hasta la costa. Al cabo de una hora suena la bocina y los bañistas nadan hasta el barco y suben por las escaleras. 


Pero lo ideal, creo yo, sería alquilar una barca de motor. Tienes libertad para hacer lo que quieras. Los valientes le meten caña y ves como las barcas levantan el morro peligrosamente. Cuando estuvimos apenas había oleaje a pesar de que soplaba el aire ligeramente. El Egeo volvió a no defraudarnos. La temperatura del agua, la ausencia de olas y la limpieza eran ideales.


La capital de la isla vive del turismo. Hay hoteles y apártateles por todos lados e imagino que los nativos también alquilan habitaciones. Hay varias zonas interesantes, todavía poco urbanizadas, que las hacen agradables y tranquilas. Cada puertecito tiene su zona de tabernas y cafeterías. 


En agosto me han dicho que Amoulani se llena y pierde gran parte del encanto. Desde luego, hay que evitar viajar en temporada alta. La isla es bastante salvaje y, aunque  empiezan a verse construcciones horrorosas de cemento, no está inundada de mamotretos. No sé yo cómo estará dentro de unos años.

Como suele pasar en Grecia, cada caleta tiene su cantina. Aquí la cantina no es más que un camión o camioneta de venta ambulante de comida. Nunca pasaréis hambre. El olor a pincho de carne se mete en el mar y atrae a los nadadores hacia la costa. 

Nos pegamos un buen baño y comimos unos sándwiches que habíamos traído de casa. Volvimos a coger el coche para ir a otra playa. Tuvimos que volver atrás porque la carretera terminaba en la cala. Las señalizaciones en la isla no son muy buenas y es posible que, si nos vamos en busca de aventuras, acabemos en una calle sin salida o en un precipicio rocoso. 


A la segunda playa llegamos después de que se acabase el asfalto. Era una playa muy estrecha, como la mayoría de las de por aquí, con varios chiringuitos. Soplaba el aire porque era bastante abierta, pero en el mar se estaba de fábula, con un agua limpia y clara y una arena fina fantástica.


Como queríamos aprovechar el día, regresamos pronto y fuimos a Ouranópolis. La idea era la de pegarse un último baño y tomar un café. 

Ouranópolis es prescindible. Curioso de ver, sí, pero nada más. Es el puerto que te lleva a Agio Oros. Está plagado de tiendas iguales que te venden recuerdos del Monte Atos y de los monjes. Hay apartamentos y playas, todo hecho de cara al turista. Evidentemente, la zona de tabernas es muy bonita. El pueblo vive de la montaña y de los turistas o peregrinos que van a ella. Como las mujeres no pueden cruzar, se quedan unos días en tierra mientras los varones pasan tres o cuatro días haciendo vida con los monjes. 


Hay un resort poco antes de llegar al pueblo y una gran playa, pero poca cosa más. Bueno sí, unas horrorosas urbanizaciones que se han cargado el paisaje. 

De regreso pusimos gasolina. Os recomiendo que vayáis con el depósito lleno desde la gran ciudad, porque el precio en la isla y en los alrededores es más alto. Volvimos por una carretera interior flanqueada por plantas y flores muy altas que eran como árboles. Hacían sombra. Casi sin quererlo llegamos el pueblo de Stageira, que es donde nació el gran Aristóteles. Hicimos una visita rápida al Jardín de Aristóteles y montamos otra vez. Una hora y media después estábamos de nuevo en Salónica. 


Amouliani, llamada la “Mykonos del norte”, será el objetivo de futuras visitas, sin duda.     

lunes, 11 de abril de 2011

Spinalonga: la isla de los muertos vivientes.

(Una serie de televisión tiene a Grecia en estado de shock. Éstas son mis reflexiones al respecto). 


Abrid esto en otra ventana mientras leéis:

El trailer:

Spinalonga es una isla situada al norte de Creta, a escasos kilómetros de Elounda, un pueblo costero pobre y, en aquellos tiempos, casi abandonado. Fundada por los venecianos, pasó a manos de los turcos y finalmente de los griegos que la convirtieron en una leprosería. Actualmente se la conoce también con el nombre de Kalydón.

Una serie de fortificaciones rodean la isla y en época veneciana protegían el puerto. 


Incluso cuando Creta cayó en manos de los otomanos, Spinalonga seguía siendo veneciana. La guerra de Creta tuvo lugar de 1645 a 1669, pero Spinalonga aguantó hasta 1715. Fue el último vestigio de presencia militar veneciana en Creta.

Muchos cristianos se refugiaron en la isla con tal de evitar posibles represalias. Años después, curiosamente, serían familias turcas las que se refugiarían allí. Sólo parte de la isla aguantó cuando se produjo la revuelta de Creta en 1878. En 1903 se fueron los últimos turcos de la isla.   

Como leprosería funcionó desde entonces hasta 1957. Una de las últimas de Europa. 


El best seller de Victoria Hislop “La Isla” ha sacado a la luz o recuperado un tema que los griegos o no sabían o no querían recordar. Yo ya había oído hablar de una serie que se estaba grabando acerca de esta magnífica historia, basada en hechos reales. Tanto es así, que en la inauguración de unos grandes almacenes con la que me topé por casualidad, estaba la propia Victoria Hislop en persona firmando ejemplares.
  

La serie ya ha sido subtitulada al inglés para la BBC:

La adaptación de la novela ha sido un éxito. Cada capítulo emitido supera el 50% de audiencia. Desgraciadamente, la historia acaba centrándose más en las relaciones que se establecen entre los personajes que en la de la isla en sí. Lo que no quita que sea una muy buena serie. 


Cada capítulo es una pequeña película. Sigue un ritmo cadencioso, lento pero seguro, triste, que hace que nos metamos dentro de la isla y nos sintamos uno más. La fotografía y la música son espectaculares. 


Dos temas instrumentales de la banda sonora.


El protagonista es un barquero que lleva comida y medicinas desde Elounda a Spinalonga casi cada día, con su barca de remos. Su mujer contrae la lepra y se ve obligada a marchar a la isla. A partir de ahí, la historia se desarrolla tanto en la isla como en el pueblo.

Las familias quedan estigmatizadas de por vida. El desconocimiento de la enfermedad hace que uno no sepa el modo por el cual puede ser contagiado. 


La isla se convierte en poco menos que una prisión. El barquero representa el enlace con el mundo exterior, el médico la esperanza, el niño la ternura, algunos leprosos la maldad, el presidente la valentía…   


El tema de Spinalonga había sido tema tabú durante muchos años. Se hicieron un par de películas sobre los hechos aunque no tuvieron demasiada repercusión, sin duda porque se hicieron sin la perspectiva que nos da el tiempo. Un periodista de reconocido prestigio recuperó el tema buscando supervivientes, yendo a Elounda, visitando la isla, etcétera. Así, poco a poco, hemos ido conociendo detalles de lo que allí ocurrió.


Sabemos que la ciudad de los leprosos estaba organizada como una ciudad cualquiera. Los leprosos cobraban una pequeña ayuda del Estado, aunque la corrupción muchas veces era inevitable. Elounda fue prosperando económicamente gracias a “las aportaciones” de los leprosos, que pagaban alimentos a precios de oro. Porque aprovechados los había y muchos.

Dentro de la ciudad se celebraban las fiestas como en todos sitios, la gente se casaba, había escuela, cura, etcétera. Sabemos también que estaba expresamente prohibido tener hijos por miedo a que pudieran nacer leprosos. Sin embargo, claro, sabemos que había niños que habían nacido en la isla pero que nunca podrían salir. 


Es interesante ver la evolución de los personajes. El niño, que llega a la isla triste y  deprimido, empieza a hacer amigos y a pasarlo mejor que en Elounda. La maestra acaba encontrando trabajo, el alcalde gana unas elecciones, etcétera.

Hay personajes siniestros, quizás más televisivos o de película. Debemos recordar que el Estado también enviaba a Spinalonga a algunos presos para cumplir condena. Pasan de ser prisioneros a “policías” ya que su función es la de evitar que los leprosos salgan de allí.


El Estado, más centrado en la guerra, recorta las ayudas y se olvida por completo de la leprosería. De vez en cuando, el médico prueba nuevos medicamentos que le llegan del extranjero, pero no dan resultado. Las condiciones sanitarias dejan mucho que desear, sin gasas ni camas en el hospital, sin luz, sin agua… 

Grecia hoy siente cierta vergüenza y se arrepiente de aquello. Los griegos se sienten un poco culpables por haberles dado la espalda y porque, todavía hoy, algunos viven con el estigma.   

 

De la segunda película importante que se hizo sobre Spinalonga, tenemos el trailer. 


El protagonista está traumatizado desde que lo separaron de su familia al contraer la lepra. Tiene visiones y enloquece. No he visto la película aunque parece bastante cruda.

En 1973 se grabó Lórdre de Jean-Daniel Pollet. Las imágenes de este reportaje-película hablan por sí solas. En youtube puede encontrarse la película entera:
  

Un par de extractos de la película. 



Reportaje de un programa de televisión.


martes, 15 de febrero de 2011

Thassos, la isla de las abejas.


Para llegar a Thassos desde Salónica sólo hay que coger la autovía hacia Kavala. No tiene pérdida. Existe la posibilidad de cruzar a la isla por varios sitios. La isla es frecuentada por un gran número de turistas que vienen desde los Balcanes. Es la isla más cercana a la frontera con Skopje y no está demasiado lejos de Serbia. De ahí que haya muchos serbios que bajen directamente con su coche a la costa. También es la isla que está más cerca de Thessaloniki, aunque sus habitantes prefieren ir a otro sitio en verano.

El punto más cercano a la isla desde la península es Keramotí, desde donde salen barcos cada dos por tres. Del mismo modo, hay barcos que te llevan desde Kavala mismo o desde pueblos de los alrededores.

Cogiéndolo desde Keramotí apenas es una hora de trayecto. El embarque es muy rápido así como la adquisición de billetes. Un plácido y rápido trayecto te conduce hasta el puerto de Thassos.

La capital te recoge aunque casi nadie se hospeda allí. La mayoría de hoteles y apartamentos están en los pueblos de los alrededores. Ir en coche te cambia la perspectiva. Habiendo ido anteriormente a Skiathos sin coche te veías obligado a adaptarte a lo que había.

La llegada a la isla se produjo sin ninguna anécdota digna de ser reseñada. Es una viaje tan corto que apenas te da para mear, tomar un café y salir a hacer alguna foto.

Tras salir del barco siguiendo las indicaciones de los guardias, tomamos la carretera que rodea la isla. Nuestro lugar de hospedaje está a unos quince kilómetros de allí, en Skala Potamiás. Las carreteras de las islas suelen seguir la costa y ser algo estrechas, así que hay que ir con cuidado. Se circula en caravana, pero sin pausas considerables. Antes de llegar al hotel pasamos por un pueblo interesanthe llamado Panagía al que volveremos días más tarde. Tras preguntar un poco y después de equivocarnos un par de veces, llegamos a nuestro hotel.




Los hoteles de las islas son todos parecidos: pocas habitaciones, muy grandes, limpias, con zonas exteriores comunes y jardín. En realidad la mayoría pueden considerarse apártoteles, ya que disponen de nevera, cocina, vajilla, etcétera. En la zona se respira mucha tranquilidad y un ambiente familiar muy agradable. Sin ir más lejos, una familia con los abuelos, los hijos y los nietos están en el jardín a nuestra llegada. Si vas en grupo, puedes cocinar tú mismo en la barbacoa para celebrar algo.

La directora y propietaria, que es conocida nuestra, nos explica que tiene grupos de la República Checa y de Serbia, que son los clientes principales de la isla. Nos comenta que viene para estancias de dos o tres semanas y que las reservas las tramita a través de una agencia. Básicamente, no ofrecen problemas y son buenos profesionales, que es de lo que se trata.

En Thassos, como en todas las islas, el turismo es 100% de sol y playa. Apenas un par de monasterios y poco más reseñable. Quizás algún pueblecito interior, más cerca de las montañas, donde refresca por la noches y no hay tanta gente. Pero si a uno le gusta el bullicio, debe coger el coche y moverse. Durante el día y siguiendo la costa, puede uno bañarse en no menos de tres o cuatro sitios distintos.




La primera tarde fuimos a la playa más cercana, justo al lado de donde nos hospedábamos. Como tantas otras playas de por aquí, ni una sola ola. Y uno avanza hacia el fondo pero no se hunde. Te podías pasar horas dentro con el agua hasta las rodillas e incluso tumbarte con tu pato de goma a tomar el sol. El paraíso de los niños pequeños porque es como si estuvieran en una piscina bajita y sin bajas temperaturas. El paisaje que se veía desde dentro era espectacular puesto que, al haber muchas montañas detrás de las casas, lo hacía verde. Había muchas nubes tormentosas pero no cayó ni una gota. Evidentemente, nuestra primera playa, por ser la más cercana, sería “visitada” en diversas ocasiones. Un secreto: cuando mejor está el agua del Egeo es a las cinco de la tarde e incluso un poco después, justo cuando empieza a bajar el sol.




Si uno no quiere gastar debe ir al supermercado y llenar la nevera, claro. Nosotros, mitad y mitad: desayuno en “casa”, comida fuera y cena en función del cansancio y de las ganas de salir.

Como estuvimos una semanita, nos dio tiempo a ir de un lado para otro todos los días. Por las mañanas, nos movíamos en coche por las playas y hacíamos algo de turismo. Generalmente, llegábamos cansados por la tarde y ya no había ganas de hacer mucha cosa.

Nos recomendaron una serie de playas aunque no sabemos si eran las que fuimos o no. Tanto nombre y tanto mapa para al final meterte en la que te apetece, sin atender recomendaciones ni nada.

Después del primer baño y de cenar algo dimos la primera vuelta nocturna por la zona. Skala Potamiás no es muy grande y se puede abarcar a pie casi todo.

Al día siguiente nos fuimos a la playa. La primera que vimos al salir del pueblo la pasamos de largo. Como no estaba muy legos y quedaban días, volveríamos posteriormente. Había muchos coches de Serbia aparcados en la carretera y la playa estaba abajo del todo, con lo que para volver debías “escalar” un par de kilómetros.

Continuamos rodeando la isla hasta que en el fondo de un valle divisamos una cala de pedruscos con sombrillas y cantina. No hay mucha gente y parece agradable. El problema es que para acceder a ella hay que bajar por camino de cabras. Y entre jeep y jeep, allí baja intrépido un Fiat Punto de segunda mano hasta la costa. Un acierto. Nos pegamos un buen baño en una caleta de piedras salvaje donde el agua estaba a temperatura ideal. Hace tanto calor en el verano que uno se puede pasar una hora o más metido en el agua sin problemas. Eso sí, con gorra para que el sol no te perfore la sesera.




Tras remontar la cuesta, buscamos sitio para la comida. Seguimos hacia adelante y encontramos un pueblo típicamente para turistas lleno de tabernas. Si no me equivoco se llama Kinira. Esta vez aparcamos en la carretera que estaba llena de coches y bajamos a pie por en medio de una tienda y de un restaurante hasta la playa. La playa estaba masificada y no daba gusto bañarse. Además, no habíamos ido a ello. Comimos en una taberna cosas típicas. A mi mujer un gato -o gata- le dio la comida. Solicitamos a la dueña que se lo llevara y así lo hizo, aunque a Melina no se le pasó el mal rollo hasta que nos fuimos. Para reposar, dimos un paseo hasta un lugar con restos arqueológicos muy curioso. Hicimos unas fotos y chocamos de frente con otra maravillosa caleta a la que esta vez no nos metimos.

A la vuelta nos metimos en el Monasterio de San Gabriel, aunque debimos vestirnos de largo a la entrada por estar prohibido entrar en bañador.




Otra excursión que hicimos, ya al día siguiente, fue la que nos llevó a Aliki, uno de los lugares más conocidos de la isla. Pero había demasiada gente y la playa no merecía la pena. Con todo, nos refrescamos y luego nos quedamos a comer. Estaba lleno de bares y deducimos que debía ser el lugar más marchoso de la isla. Después de comer algo rápido cogimos el coche en busca de una gasolinera. Nos pilló la huelga de camioneros y las gasolineras se habían quedado sin materia prima. Tuvimos que poner súper en lugar de la que solemos poner. Teníamos gasolina de sobras pero no era cuestión de arriesgarse.

Es muy curioso pasar por gasolineras con los depósitos vacíos y con carteles de “agotado” ó “no tenemos gasolina”. Creo que el ejército tuvo que tomar manos en el asunto para abastecer a todas las islas.

Ya de vuelta, me volví a meter por otro camino de cabras, esta vez bastante largo. Esta vez la caleta era más abierta, aunque no por ello menos espectacular. Está claro que lo mejor es olvidarse de las playas que te dibujan en los mapas. Se estaba de cine. Me picó un tábano en un pie.

A la vuelta comimos, dormimos un rato y volvimos a salir, esta vez por la playa cercana al hotel. Cogimos el coche y nos fuimos hasta la otra punta. Aunque no hay separación entre las playas, una se llama Skala Potamiás y la otra Xrisí Almoudiá (arena de oro). El agua era absolutamente transparente y decidimos volver al día siguiente para bañarnos. Un lujo de playa-piscina con unas rocas desde las que te podías tirar. Yo, por hacerme el chulo, me rajé el pie con una roca. La playa es tan estrecha que apenas puedes estirar la toalla, aunque es lo de menos porque te pasas todo el rato en el mar. A esta playa volvimos antes de irnos otra mañana.




Por la tarde visitamos otra vez la zona y vimos una exposición de iconos que había en una casa en el puerto. La verdad es que por las noches uno no estaba para muchos trotes porque el estar todo el día a sol machaca, por mucho que se proteja uno.

Otro día fuimos a parar a una playa “más española”: era ancha y larga, había olas en el mar y mucho espacio sin tumbonas, con lo que poner la sombrilla era fácil. Un pequeño detalle: una esquina de la playa era nudista. Justo la esquina por la que entras. En fin.

Melina entro y de tantas olas que había no podía salir. Tuve que hacer de vigilante de la playa y sacarla a duras penas porque realmente la resaca te empujaba hacia dentro. A decir verdad, nunca recuerdo haber sufrido tanto para salir a la arena. El pato de plástico se convirtió en un problema porque el muy perro se quería marchar en busca de aventuras. Delante de la playa hay una islita pequeña y deshabitada. No vi ningún barco de esos de poco calaje que te suelen llevar a dar una vuelta. Nos comimos una especie de donut gigantesco allí mismo y jugamos a las cartas para variar.




Por la tarde de ese mismo día, cansados de tanta playa, cogimos el coche y visitamos el pueblo de Panagia. La familia Tsivalidis había veraneado allí en alguna ocasión y dimos un agradable paseo rodeados de agua y árboles.

También fuimos de visita a Thassos, la capital. Allí llegan los barcos y desde allí salen. Es grande aunque no hay mucha vida nocturna. Hay tres o cuatro calles muy animadas y llenas de tiendas de recuerdos, restaurantes y más cosas. Además hay una serie de restos arqueológicos, algunos de los cuales visitamos, muy interesantes. Hay varias rutas señaladas por las cuales circula la gente a pie montaña arriba.

Más allá de Thassos, es decir, yendo en dirección contraria hacia donde estábamos hospedados, la carretera es ancha y cómoda. Es todo menos salvaje aunque sigue uniendo unas playas con otras y unos hoteles con otros. Hay varias poblaciones más importantes en la zona pero no las visitamos. Hay barcos que te llevan desde Thassos hasta la otra punta de la isla y otros que te llevan de excursión.

Fueron seis días que dieron mucho de sí. Es una isla puramente familiar aunque, como en todas las islas, la gente joven encuentra mucha diversión. Sin embargo, la recomendaría a familias con niños pequeños porque es ideal para ellos y para que los padres descansen.

Eso sí, si a nadie le molestan las abejas… En Thassos no hay moscas, hay abejas. Compramos miel, que te la venden en medio de la carretera, y nos volvimos con un dulce sabor de boca.


viernes, 14 de mayo de 2010

Escapada a Skiathos (III)

ESCAPADA A SKIATHOS, EN LAS ESPORADAS. 6-8 AGOSTO 2008 (III).





A la mañana siguiente, madrugamos con el objetivo de coger uno de los barcos que van a las playas. Informamos a la chica de la recepción de que al otro lugar de hospedaje no llegaremos hasta las tres, que es cuando amarra la embarcación en el puerto. Nos guardan las bolsas. Frappecito casero de rigor. Embarcamos a la hora prevista, entre las nueve y las nueve y media. Vamos a hacer la ruta que recorre el Kastro, las cuevas y Lamaria, además de ir a la playa. Pero lamentablemente el patrón de la nave nos informa que, debido al estado del mar, es posible que tengamos que variar la hoja de ruta. Y efectivamente, los malos augurios se cumplen. Nos quedamos sin cueva ni Kastro. Iremos de playas. Con todo, la excursión merece la pena. Nos hacen descuento por no poder cumplir con todo lo previsto, pero a nosotros nos da igual, la verdad. Pasamos por la cueva que cita Papadiamantis en uno de sus libros más conocidos y luego nos dejan en una pequeñ a caleta -consultado el mapa con posterioridad, intuyo que estamos en el islote de Argos-, que es donde paran cuando hay mala mar. Y nos pegamos el primer bañ o del día. Sorprendentemente, la mayoría de los pasajeros, en lugar de bañarse, se estiran a dormir. Ni siquiera toman el sol. La resaca les puede. Les mata. Mel y yo, en cambio, estamos encantados con el paisaje que nos envuelve. Es una zona bastante salvaje, con rocas a uno y otro lado. Al lugar sólo puede accederse en barco y eso le da a la cala un sabor especial. Tomamos fotos y auto fotos hasta la llegada del barquito, que nos conducirá a otra playa, esta vez más grande y turística, en el islote de Tsagouria. Allí veo que la gente se desenvuelve mejor. Intuyo que vienen casi cada día a tomar las aguas. Hay barcos que vuelven regularmente a partir de la una o así. Nosotros cogeremos el de las 14:15 para llegar a la orilla a eso de las 15:00, como teníamos previsto.




La playa es medio salvaje. Hay un chiringuito donde se sirven bebidas y comidas. Hay tumbonas a ras de agua y bastante gente, aunque como es muy grande, no hay grandes aglomeraciones. Es imposible estar al sol, pero no hay problema porque hay muchos árboles que hacen sombra. Y para allá nos vamos, después de chapuzarnos. Se hallan anclados algunos pequeñ os yates y algunas lanchas. Reportaje gráfico al canto, bebida fresquita con patatas y mucha agua. Es playa de arena fina y agua transparente. Y su temperatura es ideal. Pero el sol que ma como una mala cosa. A medida que avanza la mañ ana, la gente te retira bajo el pinar. El calor no se soporta. De no haber sido por ello, me hubiera adentrado en la isla en busca de aventuras. A todo ello, se nos hace la hora casi sin darnos cuenta. De nuevo la rampa de embarque y para casa. Con las patatas y el desayuno a base de croissant aguantaremos sin comer hasta la tarde. Y como es mi cumpleaños, cenaremos prontito.




Tras un problema de logística para encontrar el apartamento, llegamos a él con retraso. Menudo apartamento. Cama de matrimonio y cama individual muy grandes, cocina equipada, nevera, bañ o completo, etcétera. Todas las comodidades para pasar unos días agradables. Lamentablemente nosotros sólo estaremos una noche. De nuevo tenemos vistas a los barquitos y el sol entra por la ventana. Es realmente bonito. Siesta de orinal y ducha hasta la tarde.




Nos ponemos guapos. Si es que no lo somos ya. Vamos a la casa-museo del escritor Papadiamantis, famoso en la isla y en toda Grecia, y luego a la parte alta de la ciudad, donde se encuentra la Plateia Trion. En la cima encontramos una iglesia con campanario y nos quedamos maravillados ante el paisaje. La digital echa humo. Desde arriba hay un mirador ocupado por las sillas de una cafetería desde donde se divisa el pueblo por el otro lado y, cómo no, la costa. Pedazo de pueblo. Parecía más pequeñ o cuando lo paseábamos. Pero no es así. Hoy muchas casitas y esta construido sobre cimas, de ahí que sus calles sean tan empinadas. La vistas hacia la zona que ya conocemos son milagrosas. El cielo sin nubes, el agua clara con sus tonos azulados, turquesa y zafir, los barquitos de pesca anclados, las personas hechas hormigas, la calle ancha, la arboleda de pinos y la limpieza y blancura del paisaje. Se respira salud y libretas. Y belleza. Y desprende olor a mar. Y sabor a mar. Descendemos porque el marisco nos espera.


Vamos a un restaurante que hay al fondo del todo del paseo. Equivocadamente pensé que era el que tenía música en vivo. Pero me pareció de los curiosos y típicos, así que allí nos posamos. Nos traen la carta, pero me parece escasa, aunque pedimos algo de ella. Ensalada, pulpo, sardinas y vinito, si no recuerdo mal. Nos informa el camarero que podemos pedir alguno de los pescados o mariscos que hay dentro del hielo de la entrada. Es como el típico muestrario de las pescaderías donde los bogavantes mueven todavía sus pinzas. Nos dice que si queremos algo de allí, debemos escogerlo. Y para allá me voy. Elijo uno que se llama chipura o algo así, una especie de trucha típica de la zona. Y lo curioso es que lo traen pescado de un lago, no del mar. El camarero no nos informa de su precio. Además, el tipo me saca el más pesado que tiene. Yo, que no me entero, le digo que me ponga ese mismo.




Al cabo de un rato, nos percatamos de que una pareja que hay a nuestro lado ha pedido un pescado similar y que vale noventa euros nada mas y nada menos. A ellos también les ha tomado el pelo. Entonces, temiéndome el palo y sobre todo el no llevar suficiente dinero para pagar, encima siendo el día de mi cumpleañ os, me dirijo al camarero con el objetivo de evitar un ridículo sonrojante. Con mi inglés de pueblo le pregunto cuánto cuesta mi pescado y me suelta que cincuenta euros el kilo. Resulta que el mío pesa un huevo y medio. Le digo que no lo ponga porque estoy sin blanca, aunque no sea verdad. Me dice que el pescado ya esta siendo cocinado. Total, que cabizbajo vuelvo a la mesa y le comento a Mel lo sucedido. En fin, de otras peores hemos salido. Además, me consuelo pensando que al de la mesa de al lado, con el que Melina entabla diálogo ante la situación, le han sacudido más que a mí. Pues nada, que al cabo de un rato sacan al pobre pescado sacrificado, abierto en canal, sobre una enorme fuente aderezada con verduritas. Está rico de verdad, el condenado, pero sesenta euros no los vale un bicho de esos, venga de donde venga. O esa es mi opinión, claro. Un día es un día, y el pobre diablo está nadando en mi estómago con los vegetales que la cubren en menos de diez minutos. Buen bocado, pardiez. Y aunque golpeó las arcas del reino, no hubo que recurrir a la visa, que , no suelen aceptar, como ya dije.



Tras la comilona, vamos de paseo y empezamos a ver, esta vez sí, a la gente que sale de marcha. Mucho ambiente. Se juntan los mayores y los jóvenes. Los restaurantes y los lugares de ocio echan chispas. Arde la noche en la isla. Cuando nos damos cuenta, casi son las once. Decidimos no trasnochar más porque el barco sale a las seis de la mañana. El madrugón va a ser de aúpa.



Casi a las cinco suena el despertador. Hay que arrastrar a Mel, a quien el Retsina no le sentó muy bien. A mi tampoco, la verdad. La falta de costumbre. Y casi por intuición, calle abajo a buscar el ferry. Dejamos la llave en la misma puerta. El ferry llega de nuevo con retraso y subimos con las pocas fuerzas que nos quedan, esperando encontrar un buen sitio. Por desgracia y como era de esperar, el barco viene desde Creta, con lo que muchos pasajeros están durmiendo. Finalmente, encontramos un buen sitio donde podemos pasar las últimas horas del viaje recostados. Llegamos a Salónica pasado el mediodía, cuando el aterrador sol de la ciudad te quema las entrañas. Por suerte, el bus no tarda en llegar. Se acabó lo que se daba. Un viaje estupendo y recomendable para todo aquel que quiera disfrutar de una isla griega no masificada, donde uno se lo puede pasar bien con los amigos, la pareja o la familia.



FIN.


Escapada a Skiathos (II)


ESCAPADA A SKIATHOS, EN LAS ESPORADAS. 6-8 AGOSTO 2008 (II).




La llegada a Skiathos se ha producido con un ligero retraso. Empieza a salir el sol. Pica desde buena mañana y no es plan de estarse por ahí dando tumbos. La agencia no abre hasta las ocho y media. El lorenzo pica desde muy pronto. Vamos vestidos de largo porque creíamos que por la noche haría fresquito. Y uno se tuesta aunque no tanto como en Salónica. Tras desayunar, dejamos la maleta y algunas pertenencias en la agencia de viajes hasta las doce del mediodía. Nos vamos a dar una vuelta. Entramos en la calle principal y en la zona turística.



La calle principal. Nos adentramos hacia el centro del pueblo. Está llena de restaurantes de comida rápida tipo gyros y tiendas de recuerdos, como en Salou. Totalmente isleñ o. Hay muchos apartamentos alquilados en temporada y algunos hoteles. Para gente joven que no puede pagarse un buen hotel, esta francamente bien. En invierno debe ser una isla muerta, eso sí. Y tranquila, imagino. Parece un pueblo pequeñ o. Las casas son bajitas y blancas, y los tejados de color. En verano la población se multiplica y los paisanos hacen negocio. Con lo que sacan de estos meses, viven todo el añ o. No es extrañ o entonces que al bajar del barco se acerque gente mayor a ofrecerte habitación. Como cuando llegas a Santiago de Compostela después de haber hecho el camino. Y si has reservado a un particular con anterioridad, no es raro que te venga a buscar al barco en su coche. Este sistema se lleva mucho en las islas y es una buena manera de mezclarse uno con la población autóctona.




El calor aprieta y no se puede pasear si no es por la sombra. Tras fotografiar algunas tabernas curiosas y echarle el ojo a una gorra, encontramos un lugar muy fresquito debajo de un pinar. Sin embrago, antes de encontrar el lugar, nos sorprende una marabunta de gente que arrasa con todo. Sale de entre la nada vestida con bañ ador, chancletas y camiseta. Toalla a la espalda, gafas de sol y paso ligero en dirección al puerto. Algo pasa y no nos enteramos. Volvemos a la zona portuaria arrastrados por la multitud y localizamos un islote al que se llega por un istmo accesible a todo el mundo. Se trata del islote de Bourtzi, que separa el puerto en dos partes. Tomamos posiciones bajo unos pinos. Hay bancos para sentarse con unas vistas maravillosas a la bahía y al pueblo. La paz sólo queda rota por el bullicio de la gente que embarca. Atrás quedó el estrés de la gran ciudad y el sofocante calor. Y es que la gente que baja en procesión se dirige a unos barquitos para turistas que hay amarrados en el puerto. Van a la playa. Las embarcaciones hacen diferentes excursiones a las playas y a los lugares que hay que visitar. Lalaria o el viejo Kastro, las cuevas de Spilia, un lugar donde nadan delfines en libertad, etc… Unas duran más que otras y es la manera más cómoda de acceder a las playas si no tienes vehículo. Tomamos las obligadas fotos y echamos un pequeñ o vistazo a la zona, aunque debido al cansancio, preferimos no movernos demasiado del lugar, porque hace fresquito y se esta divino. El tono del agua, que es clara como cuando sale de una fuente, nos deja con la boca abierta. La gama de verdes es infinita. Desde el verde claro nacen matices de verde mar, oscuro y esmeralda.

Pasado el tiempo, volvemos a la agencia donde nos devuelven las maletas y nos indican donde tenemos que ir. El trato es frío. La impresión es mala e intuyo que nos meterán en un cuchitril. El hecho de pedir un mapa y que te digan que no tienen tampoco nos parece demasiado normal. Pero claro, el negocio de los mapas lo deben tener en exclusiva los tenderetes que hay en cada esquina. En fin, decidimos darles una oportunidad. Nos indica, en el único plano que tienen, donde tenemos que ir, y a caminar tocan.



Pasamos por delante del lugar donde embarcaban antes los barquitos, que es un bonito paseo en el que también hay restaurantes y bares de copas que casi nunca cierran. Dejados atrás lo bares, debemos subir una pendiente que nos parece el Everest, porque el cansancio ha hecho mella. Curiosamente y a pesar del lío de calles, nos orientamos bien y llegamos al hotel fácilmente. Parece pequeñ o pero acogedor. A decir verdad, en la isla todos se parecen bastante. En apariencia tienen más de apartamentos que de hoteles.

Llegamos a la recepción pero la habitación no está lista y nos hacen esperar. Tomamos asiento porque hay aire acondicionado. Como el segundo día no tenemos sitio, nos han reservado en un apartamento no muy lejos de allí. Ellos se ocupan de todo. Nos dicen que no nos preocupemos. Raro. También preguntamos cómo funciona el tema de la llave, que nunca sabes si la tienes que dejar en la recepción o no, y esas cosas.



Entonces nos informan de que la habitación ya está lista. Por planta apenas deben haber cinco o seis habitaciones con numeración baja, aunque tampoco paramos a investigar. La chica nos acompañ a y abre la puerta. No saben ni nada… Las ventanas las deja abiertas la chica de la limpieza para que el cliente vea el panorama nada más entrar. Puro marketing. Espectacular. Las vistas a las bahías de Siathos y a la de Ftelias son tremendas. El mar y la luz se meten a dormir en la habitación. Todas nuestras reticencias se esfuman. Gran habitación. Dos camas grandes, espaciosa, bañ o decorado con motivos griegos, balcón con baranda metálica ornamentada y estupenda luminosidad. Algo cómodo y tradicional. Quedamos encantados. No nos esperábamos algo así y Melina casi se emociona. Las fotos que se pueden tomar sin salir del cuarto rozan la perfección luminosa y reflejan la inmensidad del mar y del cielo. Decidimos ir a comer algo para matar el gusano y volver a sobar un rato hasta la tarde. Me como un gyros y Mel una ensalada. Siesta obligadísima.



Por la tarde nos vamos a pegar el primer bañ o del viaje. Es donde estuvimos por la mañ ana, cerca de los pinos del descanso. Hay escaleras y un trampolín al mar. Nos pegamos un remojón como Dios manda rodeados de un marco incomparable. Una vez refrescados, volvemos al hotel para cambiarnos y dar una vuelta. Cenamos algo ligero -yo una crépe de nutella de fresa- y nos movemos por el interior y luego por la costa. Llegamos al ayuntamiento, a la iglesia y a la plaza del pueblo. Hay restaurantes de todo tipo con mesas en la calle. Después paseamos por la otra parte del puerto, donde se hallan los restaurantes caros, los yates, los bares musicales y demás. Realmente merece la pena. Empieza a verse gente, aunque los vampiros salen más tarde. Ahora se ven familias paseando o comiendo tan ricamente. A Skiathos van muchas familias. También van juerguistas, pero no abusan tanto de la fiesta como los que invaden Mykonos u otras islas similares. Una vez llegados al final del puerto, damos media vuelta para llegar a nuestra cita con otro barquito. Vimos horarios de embarque para una playa por la noche y no nos lo pensamos mucho. Y es muy baratito. Lo que no sabíamos era que llevaría a una playa semi privada, donde sólo acudían huéspedes de unos hoteles que había en la zona. Los pasajeros de la nave son todos clientes de los hoteles que vuelven a su playa. Y nosotros no sabemos si tenemos que volver, si nos quedaremos allí colgados o si todos volverán más tarde. Hay otro barco de vuelta al cabo de casi una hora, así que decidimos tomar algo con toda la clientela mientras esperamos.


Es una mini playa para turistas de hotel. Sólo hay dos restaurantes grandes donde se practica el karaoke con unas mesas bonitas bien decoradas. Esta prácticamente lleno. Inspeccionamos la zona aunque no hay mucho que ver porque la playa y los hoteles están pegados. Como está oscuro, tampoco queremos adentrarnos en la zona desconocida. Un té frío y una cola sacian nuestra sed hasta la llegada del barquito. Subimos en el embarcadero y nos percatamos de que somos los únicos pasajeros, junto con una chica. Ya en el puerto, es hora de ir a dormir porque el día ha sido duro por culpa de no haber podido pegar ojo durante la noche.