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miércoles, 27 de abril de 2016

Las griegas y los griegos (esperpento).


Las mujeres griegas llevan botas incluso en los días más calurosos o, en su defecto, zapatos de tacón. Usan pantalones ajustados. Lo más ceñidos al cuerpo posible y a veces diría que un número más pequeño de la talla correcta.

La griega lleva falda larga en la iglesia pero corta fuera de ella. La minifalda, los leotardos gruesos oscuros y las botas forman uno de los conjuntos más vistos. En verano, la época del año menos “elegante”, enseñan sus encantos sin pudor alguno o se ponen vestidos floridos de una pieza. Se ven zapatos abiertos pero con suela de esa que las hace más altas.

La griega usará siempre gafas de sol, incluso en los días más nublados o dentro del autobús. A veces las llevarán colgadas en el pelo todo el día sin utilizarlas; un complemento como otro cualquiera. Muchas de las gafas que llevan pasan de 250 euros. Los enormes cristales cubrirán media cara.

Se ven muchas mujeres teñidas de rubio, a veces rozando el blanco, a imagen y semejanza de las tontas que salen en la televisión. Me dicen los propios griegos que se tiñen y usan tacones para llamar la atención al entrar en un bar. Un poco como cuando entra el forastero en una cantina de Tombstone: ruido de botas, silencio, miradas y una profunda calada.

Debo decir que al principio te sorprende ver a tantas rubias por la calle, pero luego te acostumbras e incluso te das cuenta de que no hay tantas. Son blancas de piel, a diferencia de las turcas o las españoles.

Las griegas se maquillan exageradamente. También las jóvenes. Se pasan. Son coquetas. Las tiendas que venden productos de belleza, perfumes o cremas suelen estar llenas. Frecuentan la peluquería e intentan vestir a la moda. Invierten mucho dinero en su aspecto físico y se cuidan mucho. El exceso de maquillaje se nota. Pero como en las presentaciones hombres y mujeres se dan la mano, no hay riesgo de quedarse pegado.

No soporto que muchas de ellas masquen chicle. Es estéticamente molesto y no casan con el tabaco. Puej. La griegas que fuman lo hacen a imitación de las actrices de cine. La niñas crecen viendo a la gente fumar y por eso acaban fumando también.

¿Son guapas o feas las griegas?

Pues hay de todo como en todas partes. La diferencia principal con otros países es que se arreglan más. La que no veas peinada, no será griega. Claro que cada vez se ven más universitarias dejadas, influencia de lo que ven en otros sitios. Luego comentaré este detalle, que en los hombres es mucho más exagerado.

En cuanto al carácter, son cotillas como las españolas pero mucho más inocentes. En esto España se lleva la palma, sin duda. Diría que el cotilleo de las griegas es más light aunque les gusta mucho. No sólo comentarán lo que hacen las pedorras de la tele, sino también el comportamiento de vecinos o amigos.

Son más creyentes que las españolas. El contraste entre las que van a la iglesia y las que no es grande. En este sentido, hay bastante hipocresía. La gente se casa y bautiza a los niños porque la sociedad lo requiere.

El griego casi nunca es puntual a sus citas. Ni siquiera si éstas tienen un carácter oficial o profesional. En realidad, muchas veces es la propia autoridad la que llega tarde, el propio negocio el que abre cuando le parece o el mismo jefe el que aparece al cabo de una hora con su café en la mano. Ante todo, mucha calma. Parece que les dé igual o no les importe el amigo o el cliente. Ver como se acumulan viejecitos en la cola del banco para cobrar sin que haya nadie en la ventanilla me pone de los nervios. Con toda la parsimonia del mundo el cajero se sentará en la silla para realizar su trabajo. En Grecia no es el cliente el que tiene la razón.

A mí me molesta enormemente la impuntualidad, sobre todo si tengo cosas que hacer después de la cita. El griego -o la griega- saluda como si no hubiera pasado nada y ya está. No entiende que el ser impuntual sea algo malo o descortés. No en vano, se sentará cuatro horas en una cafetería para conversar si es necesario. Los que tenemos costumbre de tomar rápido el café o la cerveza para luego ir a otro bar, lo llevamos claro.

A los amigos se les perdona todo, pero cuando los alumnos llegan tarde todos los días hay que actuar. De lo contrario, se te suben a las barbas. Pero cuesta hacerles entender que la seriedad de un país empieza por estas pequeñas cosas.

Leí en una guía que los griegos no son puntuales por considerar que eso es cosa de ingleses o alemanes, imagino que por no querer dar la imagen de demasiada seriedad o rigidez. A una cita se va con calma o no se va. El reloj se aparta.

La diferencia con España es que aquí se queda directamente en el bar y uno puede tomarse una caña mientras espera. O un café y leer el periódico. El tiempo pasa más deprisa. Llevo tiempo intentando exportar esta costumbre, pero no hay manera. Para empezar, si se te ocurre pedir una cerveza o dos mientras esperas, se te va el sueldo. Hay locales en los que te clavan 4 euros por una mediana. Y un café casi lo mismo. Además, no es plan de empezar a meterse cafés a destajo. Pero lo que me saca de mis casillas es que la persona que llega tarde elija el sitio adónde ir. Que haya llegado tarde no implica que no tenga poder de decisión a la hora de elegir lugar. Aunque repito, para ellos no es considerada la falta de puntualidad algo malo. Ni por asomo. Acabas acostumbrándote e incluso contagiándote, como pasa con otras cosas.

El joven griego es “europeo” en el sentido más amplio de la palabra. Viste ropa cara, lleva gafas de sol de marca, utiliza las nuevas tecnologías y más o menos está pendiente de lo que ocurre en el mundo. Personalmente considero que los estudiantes griegos son espabilados e inteligentes, lo que pasa es que se hallan en un país sin futuro y son muy conscientes de ello. Critican al sistema pero a la que pueden se meten dentro gracias a algún contacto. De charla agradable y tranquila, los griegos pueden de repente volverse de lo más exaltados.

Es curioso y contradictorio que la juventud sea tan inteligente y esté tan bien preparada cuando el sistema educativo de las escuelas sea tan malo. Se enorgullecen de contar con un sistema de enseñanza gratuita, pero pagan matrículas desorbitadas en academias privadas. Me atrevería a decir que más del 90% de los alumnos pisan centros privados de enseñanza, que son los lugares donde realmente aprenden.

Por lo general, el griego es un gran conversador. Intentará convencerte de algo razonando detalladamente sus argumentos. Los universitarios están “conectados” permanentemente y conocen el medio en el que viven. Pierden las formas al hablar de fútbol, pero por lo general son muy agradables. Las personas mayores no son una excepción. Te darán explicaciones casi sin pedirlo y se interesarán por ti si se enteran que eres extranjero.

Los griegos conocen muy bien su historia y se refieren a ella constantemente. Sus referentes son Alejandro Magno, Hércules, Aristóteles, Pericles, etcétera. No hay personajes de la historia reciente de Grecia de los que se enorgullezcan. Kolokotronis, al que metieron en la cárcel, y Pablo Melás, al que asesinaron, son otros de los héroes que tienen muy presentes. Están orgullosos de haber sido los creadores de la Democracia pero a la vez son conscientes de que se la están cargando. Hay mucho sentimiento antiturco todavía y en la prensa salen noticias sobre el país vecino constantemente.

A los varones les gusta ir bien vestidos, pero no a todos. Muchos jóvenes prefieren ponerse el chándal por eso de la comodidad que yo nunca entenderé. Lucirán barba de quince días y aparentarán ir descuidados.

Los hay a los que les encanta aparentar dejadez, como si el físico no les importase un pimiento. El pelo cuidadosamente despeinado y la pinta de andrajoso encaja dentro del recinto universitario. Las cafeterías cercanas siempre estarán llenas y se moverán al ritmo que marquen los dados, puesto que todos los griegos juegan al backgamon. También juegan a las cartas y al ajedrez. En todos los bares encontraremos juegos de mesa de todo tipo para pasar el rato de manera entretenida mientras se bebe el frappé.

Con el tiempo, me he dado cuenta de que el frappé es el café del turista, del novato o del currante que se lo lleva en la mano. El griego toma expresso frío y otras cosas, dependiendo de la hora. Cuesta acostumbrarse a beber cafés de dimensiones considerables a la una de la tarde cuando el cuerpo pide cacahuetes y cervecita.

Todos los griegos fuman. Son ágiles a la hora de liar pitillos y enlazan un tras otro hasta la hora de comer. Se sigue fumando en muchos locales cerrados, aunque las autoridades cada vez controlen más. No sal muy rentable hacerte fumador en Grecia porque el paquete de marca está carísimo. Claro que no es muy difícil conseguir tabaco de contrabando.


El griego es muy machista fuera del ambiente familiar, pero de puertas a dentro pinta más bien poco, porque es la mujer la que lleva las cuentas, cocina y manda. No os dejéis engañar por las apariencias: la sociedad griega es matriarcal. 

domingo, 18 de mayo de 2014

Cuando votar no sirve para nada (esperpento).


A los griegos les encanta votar. El hecho de que hayan sido los creadores de la Democracia yo creo que les excita. Parece mentira que después de todo lo que están pasando sigan yendo a votar como si nada. ¿Acaso no se han dado cuenta de que no sirve absolutamente para nada? ¡Todo el mundo poniendo a parir a los políticos y criticando sus decisiones para luego aceptar entrar en sus listas con un simple movimiento de ojos!

Lo más preocupante es ver como gente joven que conoces, que hace dos días insultaba a Samarás/Venizelos/Tsipras en el bar, aparece con el carné de uno de los partidos. ¡Y te pide que le votes!

Tan grave es que haya gente dispuesta a entrar en una lista por un plato de lentejas, como que haya ciudadanos que los voten.

¿Cómo es posible que hoy sean las elecciones locales y la semana que viene las europeas? ¿Por qué no las hacen el mismo día? ¿Por qué tanto gasto innecesario?

Cada vez que hay elecciones, en Grecia no se dan clases en los colegios ni los viernes ni  los lunes, porque “hay que ponerlos a punto para el domingo”. ¡Se pierden dos días de clase porque hay que colocar una urna y desmontarla al día siguiente en una de las aulas! ¡Hablamos de que a escasas semanas de terminar el curso, con exámenes de por medio y Selectividad, se pierden 4 días de clase! Todo por el bien de la Democracia, claro. Si sumamos a estos 4 días todos los que se han perdido por culpa de las huelgas, los puentes y las protestas, ¿qué nos queda? ¡Pues que ahora quieren alargar el año escolar para recuperar los días perdidos!

A los griegos les encanta votar. Esa sensación de meter la papeleta en la urna y de pasarse el día en el colegio electoral tomando un ouzo con los vecinos no tiene precio.

Hoy aquí son las elecciones locales, en las que se votan alcaldes y lo que serían “presidentes de diputación”. Es decir, hay que introducir dos boletos. Doble placer. Supongo que un tercero haría enloquecer a los jubilados. Además, hoy se vota poniendo una cruz junto al candidato y la semana que viene no.

Lo de las elecciones europeas de dentro de una semana es indescriptible. En las listas hay actores, periodistas, deportistas retirados, tertulianos, cantantes, presentadores de televisión... O sea, caras, faces, jetas. ¿Rostros populares para convencer a la gente?

Está todo tan podrido y hay tanta inseguridad laboral que hay ciudadanos que se meten en política para conseguir tener un sueldo seguro, no para intentar mejorar las cosas.

En la política local es bastante normal que se cuelen rostros populares en las formaciones, pero ahora amenazan con viajar a Bruselas, quizás porque se han dado cuenta que los que mandan están allí. Por eso soy de la opinión de que votar en estas elecciones no sirve para nada.

“No votar es lo peor que puedes hacer”, te dicen. Y al mismo tiempo te aseguran que “por este camino no vamos a ninguna parte”. Yo les respondería que siempre gana la abstención.

Votar no sirve para nada porque todo se decide en Bruselas. Los mismos políticos lo comentan fuera de micrófono. 

La mayoría de ayuntamientos están en la ruina. Yo creo que podrían ir rotando los candidatos porque en el fondo todos son la misma basura. Políticos y partidos distintos aplicando la misma poítica, a eso nos ha llevado la TROIKA y la Unión Europea. Pero la ciudadanía es muy manipulable y volverán a ganar los mismos. Y si no ganan, pactarán con el diablo para acariciar la silla.

A mismos poíticos y misma poítica, mismos resultados, ¿no? Pues eso. Pero a los griegos les encanta votar, no importa a quién aunque nos lleve a la quiebra. En seis años que llevo aquí he vivido más elecciones que en 30 en España.


Tantas elecciones son sinónimo de inestabilidad e incompetencia de los que mandan, no de esa Democracia que ellos crearon, deformaron y se acabarán cargando. 

lunes, 24 de marzo de 2014

Griego al volante, peligro constante.


Conducir por Grecia es sinónimo de aventura. El griego al volante hace lo que quiere, cuando quiere y como quiere. Olvidémonos de prohibiciones, señales, peatones, rotondas, sentidos, preferencias o semáforos: en Grecia manda el claxon.

El coche es más fuerte que el peatón y los pasos de cebra no se respetan, así que más te vale correr para que no te pasen por encima. Los conductores no tienen ningún respeto por los peatones e incluso les pitan para que se aparten. El turista, los primeros días, lo pasará mal cada vez que tenga que cruzar la calle. Conviene ir con mucho cuidado.

Los semáforos, que no siempre funcionan, no dan tiempo al peatón a llegar al otro lado. Se ponen rojo enseguida y se corre el riesgo de quedar en tierra de nadie, en medio de la calle.

En las ciudades grandes el tráfico es insoportable, sobre todo en las horas puntas. Recomiendo evitar siempre el centro e ir a pata o en bus. En Grecia hay varios factores que lo empeoran todo y que se podrían evitar.

Los aparcamientos en dobles y triples filas son de lo más habitual, provocando que el carril se estreche enormemente y forzando a los autobuses a salirse del trazado. Los conductores que bloquean dejan un papelito con su número de teléfono y desaparecen. Los hay que abandonan el coche en el lateral con las luces de alarma puestas y se van a hacer la compra o a dar un paseo.


Las gasolineras suelen encontrarse dentro del casco urbano, con lo que se forman colas en algunas de las vías principales. Evidentemente, cada mañana los camionazos cargados de fuel taponan las calles.
 
En Grecia no hay guardia urbana, o si la hay, no la he visto nunca.

A los profesionales de la conducción hay que darles de comer a parte. No os extrañe ver a taxistas fumando en el taxi o bebiendo frappé, incluso con clientes dentro. Hacen lo que les da la gana porque la calle les pertenece. En cualquier momento pueden parar y recoger transehuntes. Se saltan los semáforos, se meten por direcciones prohibidas, adelantan cuando no deben, giran de manera repentina y hacen pirulas con absoluta impunidad. Los chóferes de autobús no difieren mucho de los taxistas. Aunque no fuman, suelen hablar por el móvil y pisar el acelerador sin reparo alguno.

Los camioneros búlgaros y turcos son auténticos kamikazes. Conviene andarse con ojo si se pretende adelantarlos.

Si en España los más animales son los pizzeros, imagínense en Grecia. Como se lleva mucho lo de la comida a domicilio y las ciudades grandes están llenas de locales, toman las calles cuando empieza a oscurecer. Los repartidores se meten por zonas peatonales, se suben a las aceras, adelantan por donde no deben, se saltan los semáforos y aparcan en lugares prohibidos. Todos estos aprendices de Valentino Rossi se juegan la vida. Por lo general, no llevarán casco e irán hablando por el teléfono móvil todo el rato.

Hay pequeños talleres de reparación de motocicletas repartidos por toda la ciudad. Muchos de los vehículos están trucados y hacen un ruido espantoso. Algún día tiraré a un motorista de éstos al suelo por el puro placer de hacerlo. No los soporto.

El griego corre. A pesar de que el asfalto está cada vez peor, el griego en la carretera pasa de conductor a piloto. Se te pegará al culo y empezará a hacer señales con las luces para que te apartes y le dejes pasar. Van a saco y eso que hay baches.

Los únicos que no van rápido son los abuelos, que circulan por el arcén a paso de tortuga. También tienen su peligro, claro.

Lo de las preferencias en las rotondas, los cambios de sentido y el paso de los cruces no lo tienen muy claro, o mejor dicho, lo tienen claro a su manera. Recomiendo ir despacito y no alterarse cuando empiecen a tocar el claxon. Hacer sonar la bocina forma parte de la cultura griega y no hay que darle más vueltas. No suelen tener piedad con los coches que lucen matrícula extranjera o que son  de otra ciudad.


La gasolina ha subido mucho de precio con la crisis y algunos paisanos han devuelto las matrículas de uno de sus coches. La hojalata se acumula en los centros donde se recauda el impuesto de circulación. Sin embargo, se ven muchos jeeps y coche deportivos por el norte. Al parecer, hace unos años ibas a comprarte un todoterreno y el Gobierno “te subvencionaba”. La gente tenía jeep, pero no casa. La medida, que tenía como objetivo reactivar la industria automovilística del país, acabó endeudando a las familias, que ahoran no tienen ni para gasolina. ¿Qué industria automovilística si todos los coches son alemanes? A nadie le amarga un dulce, claro. ¿A quién no le gusta tener un buen coche?


Si vienen a Grecia y pretenden hacer una ruta durante las vacaciones, recomiendo alquilar un coche, siempre que el conductor no sea novato, aunque tengan en cuenta que el vehículo griego más cómodo para viajar sigue siendo el ferry. Los griegos al volante se vuelven agresivos, incívicos y peligrosos.

jueves, 9 de enero de 2014

Billetes (esperpento).



Tras varios años de observación, afirmo con rotundidad que a los griegos les apasionan los billetes. No, no me refiero a los de autobús o metro, no. Estoy hablando de los billetes de euro. La mosca, la plata, la lana, la pasta.

Ya puede uno acumular tarjetas en la cartera, que si no lleva un fajo de billetes en el bolsillo, no es nadie. Para el griego, nada puede compararse al tacto del papel sobado. Los dedos resbalando sobre la imagen, los numeritos, el color… son el placer mismo. El plástico, aunque brille, no es lo mismo. Demasiado grueso para doblarse, el condenado.

Tener una visa en la cartera es como no llevar dinero. Un griego sin billetitos en el bolsillo se siente desnudo, desprotegido, solo.

El cajero automático es el enemigo. El heleno desconfía de la máquina, que sólo visitará a primeros de mes para vaciar la cuenta. Los más mayores van directamente a la ventanilla porque piensan que el invento maligno se va a tragar su dinero. La pasta que sale de la ranura parece que tenga menos valor que la que pasa de mano en mano. Adoran ese papel usado, doblado, gastado, viejo.

No es normal que el griego lleve sus billetes en la cartera. Los dobla, con goma o sin ella, y los guarda en el bolsillo del pantalón o en el superior de la americana (vean a Al Pacino adiestrando a Johny Deep en Donnie Brasco).

Para pagar, aunque sea una pequeña cantidad, el griego saca el fajo y empieza a contar. Le vuelve loco eso de pasar billetes como si fueran cromos o estampitas. Los empleados de las gasolineras manejan el papel con una habilidad asombrosa. Abren los billetes en modo abanico para dar el cambio y se los vuelven a echar al bolsillo. Me fascina verlos como cuentan sin darle importancia al tema y sin mirar los papelitos.

Claro que si uno analiza un poco, que circulen los billetes de la manera en la que lo hacen en Grecia, es normal. En muchos sitios pagan en mano y, a veces, parte del sueldo, en negro. El griego lo prefiere así. No cree en los bancos. Aunque le debas mil pavos, dale quinientos en metálico y se tranquilizará.

Tiempo atrás los propios presidentes de los clubes pagaban a sus jugadores con fajos de billetes. Sin intermediarios de por medio ni leches. Es más, casi me atrevería a decir que todavía se hace. Quizás no todo el sueldo, repito, pero sí una parte.

Aunque a los griegos siempre les ha gustado acariciar papel, no dudaron en adquirir tarjetas de crédito hace unos años, las cuales han acabado arruinándolos. Muchos deben al banco por haber derrochado el dinero con el plastiquito. Vieron que sin efectivo podían comprar, viajar, hipotecarse, vivir. Pero no pensaron que algún día habría que devolver la deuda de la visa. De haber manejado el dinero ellos mismos, no hubieran llegado a esta situación. No estaban educados en la transacción invisible de moneda.

El griego cree que 100 euros en el bolsillo son más que 100 euros en el banco, porque es dinero real, físico, suave, en color. Lo otro es virtual, como muerto, inútil.

Las grandes transacciones o las inversiones millonarias no entran en la cabeza del griego. La macroeconomía habla de dinero que no se ve. No interesa. Quieren papeles de colorines.

Desde el momento en que al griego no le pagan en la mano, se siente abandonado, triste, frustrado.

Sentir el paquete como se mueve en el bolsillo, notarlo ahí presente es lo que al griego le hace sentirse poderoso. Manosearlo, mostrarlo sin disimulo en la cola de la compra, jugar con él, arrugarlo.

Es posible que el varón no tenga mucho material en el bolsillo, pero lo doblará tres o cuatro veces para que crezca el bulto.

Al griego le encanta mostrar el paquete durante las vacaciones. Se han visto paisanos sacándose billetes y más billetes del bolsillito del bañador, justo un minuto antes de meterse en el mar.

No es extraño que los helenos viajen con todo el dinero encima, puesto que en muchos sitios no aceptan tarjetas de crédito. Es casi imposible encontrar TPV o datáfonos en las islas, y si los tienen, los esconden o dicen que la cena no se puede pagar con el plástico. Los extranjeros confiados se llevan una sorpresa y vuelven a meter la visa en la cartera. El problema llega cuando salen a buscar un cajero y no lo encuentran, ya que hay pocos.

Al griego le entusiasman las vacaciones porque le permiten llevar el pliegue de papeles revuelto en el pantalón. El placer máximo. El paquete al sol en una taberna e ir contando a la hora de pagar. El súmmum. No le importa exagerar con las manos para que se vean bien los cuartos. El paisano se siente hombre, macho, triunfador, chulo. El amo del mundo con un ouzo en la mesa, algo de feta y “estampitas de Europa”.

Lo más curioso de todo es que en Grecia quien lleva la economía familiar es la mujer. El griego es muy macho en los cafeneíos, en las playas o en las tabernas, pero a la hora de la verdad, la contable de la familia es la esposa.  

sábado, 6 de abril de 2013

El Pasokismo y la cultura de no hacer nada.


El Pasokismo, consideraciones.

El Pasokismo consiste fundamentalmente en hacer todo lo contrario a lo que se predica. A pesar de incluir el nombre de una formación política (PASOK, Partido Socialista) está en las antípodas del Socialismo, o por lo menos del Socialismo “teórico”.

Hace más de 30 años que el Pasokismo gobierna Grecia. Incluso no teniendo la mayoría el PASOK, ha sido y es el Pasokismo el que dirige la política del lugar. El Pasokismo va más allá de pertenecer a un partido o no; la afiliación a un grupo no le hace a uno pasokista. Sin embargo, es casi imposible escapar de su influencia porque todo lo impregna. Los que mandan han crecido en ella y aunque lo nieguen siguen moviéndose al ritmo que esta cultura les marca.

Muchos reniegan de su pasado pasokista; ya no es cool. “Nos han traicionado”, dicen. Entonces votan a los otros, que lo que hacen es lo mismo que sus predecesores. No parecen darse cuenta que se trata de los mismos perros con distintos collares. No es extraño que se produzcan pactos antinatura para prolongar esta manera de hacer. 

Todas las artimañas que te permitan engañar al Estado forman la base del Pasokismo. Se trata, en el fondo, de engañar al Estado desde el interior del propio Estado, porque son ellos los que mandan y no pocas veces los que obedecen. Buscar los agujeros que el sistema tiene y colarse a través de ellos para el beneficio propio será el objetivo del aspirante a pasokista. Usar todas las trampas aparentemente legales -en realidad son ilegales-  para goce y disfrute del clan. De ahí que se conciba el Pasokismo como una opción colectiva más que individual. Uno vende su alma al Pasokismo porque toda su familia pertenece a ella. El pasokista establecerá relaciones de complicidad con los individuos que intentar trampear como él. 

El Pasokismo suele ir ligado a una extraña y paradójica manera de hacer: “quiero trabajar en el sector público para no hacer nada.” Es decir, trabajar para no trabajar. El mito del funcionario que no pega golpe, cobra mucho, goza de privilegios, no oposita, libra los fines de semana y todo el mundo critica, es en el fondo uno de los sueños del pasokista. El funcionario es el gurú de pasokistas poco ambiciosos.

Los otros, los que aspiran a más por el mero hecho de conocer a alguien de las altas esferas pasokistas, empezarán por ahí directamente -generalmente a dedo- y se meterán en política. Alcanzar el grado de diputado, con coche oficial, viajes y buen sueldo le permite a uno predicar con el ejemplo. El clan, la familia o los amigos suben un peldaño más en la escalera en el que gozarán de impunidad e inmunidad. 

El hecho de figurar en el Parlamento supone que la casta permanecerá, porque el diputado protegerá a sus cachorros pasokistas y les irá preparando el camino. Allanará posibles baches para conseguir que el hijo, el nieto o el sobrino acaben por sentarse junto a él en el escaño. El Parlamento de Grecia está lleno de apellidos que se repiten.

Mi teoría puede llevar al engaño, por lo tanto puntualizo: el Pasokismo no es exactamente no hacer nada sinó hacer lo menos posible cobrando lo máximo posible. Para qué ir a las sesiones de control pudiendo asistir solamente cuando hay votaciones, para que ir a comisiones de investigación si ya lo hace un compañero de partido, para qué coger un taxi teniendo un coche oficial, para qué dar la cara si puedo hacer política desde Twitter.

Entonces, ¿son vagos los pasokistas?

Ciertamente, los pasokistas no son muy dados al esfuerzo. Eso sí, cuando un amigo del clan esté en apuros, moverán carros y carretas para ayudarle. Premiar la cultura del engaño tiene sus riesgos, pero a los pasokistas no les importa porque los tentáculos de la secta llegan a todas partes, estamento judicial incluido. 

Incluso las actitudes de muchos de los que defienden otras opciones acaban por claudicar. Los veremos sentados en la silla haciendo barriga, soltando el sobre en b o llamando al potentado para que coloque bien a su familiar o amigo. Una mafia que subyace. Todo cambia para seguir igual.

Los pasokistas de primera generación, hoy ya mayores y que todavía se dejan ver, hablan con nostalgia de aquella época en la que “todo funcionaba mejor, había más igualdad y Grecia despegaba”. 32 años han pasado y ni siquiera viendo los frutos -podridos- de tanto Pasokismo reconocen sus errores. 

¿Qué es el Pasokismo Ilustrado?

El Pasokismo Ilustrado engloba a todos aquellos intelectuales -a veces pseudo intelectuales- que se las dan de antipasokistas cuando en realidad no lo son. Hablan desde sus “púlpitos” universitarios o desde sus televisiones haciendo creer a todo el mundo que existe alternativa al Pasokismo. Mienten. Son los mismos que se han aprovechado estos 30 años de los beneficios del sistema. Tendrán caserones en París o Londres y tratarán de tú a los políticos. Incluso la Iglesia se ha visto tentada por la secta. 

¿Somos víctimas o cómplices?

Ambas cosas, seamos sinceros. Víctimas porque padecemos las consecuencias de tantos años de Pasokismo, pero cómplices porque no dudamos en aprovecharnos del sistema agujereado siempre que podemos. Claro que nosotros lo hacemos a pequeña escala. ¿Tenemos por ello menos responsabilidad?

¿Cómo acabar con el Pasokismo?

Cortar de raíz es imposible. Llevará tiempo. Más de una generación, diría yo. El problema es que, nos guste o no, estamos creciendo inmersos en él. Y cuesta desprenderse. Quizás en dos generaciones, si todo va bien. Porque parece que algo está cambiando; empiezan a caer los primeros pasokistas. Si la justicia fuera seria no habría cárceles suficientes para tanto pasokista. 

Permítanme que sea escéptico. Hasta que no vea a una primera figura entre rejas, no creeré. Será entonces cuando muchos se quiten la máscara y empiecen a apuñalar a traición. Algunos ya se han pasado al otro lado pese a seguir exprimiendo a la vaca. Y el problema es que la vaca somos todos y se acaba la leche.    


La cultura de no hacer nada.

Lo dijo Mariano Rajoy: “no hacer nada ya es hacer algo”. Y se quedó tan ancho. Claro que si analizamos sus palabras, no le falta razón, a pesar de que “no hacer nada” en los tiempos que corren es un error mayúsculo. Y decirlo, más. Se le tiraron encima los coyotes de siempre mientras los palmeros se lo tomaban con humor. Como es gallego, se espera de él este tipo de respuestas. Es ridículo. 

Si intentamos ir más allá de la paradoja, veremos que ella encierra toda una manera de entender las cosas. Es más, podemos encontrar respuestas a preguntas que solemos hacer y entender actitudes que a bote pronto nos parecerían estupideces.

El hecho de no hacer nada y esperar a que “todo se arregle solo” es muy humano. Cuando llueve buscamos cualquier escusa para no salir a la calle. Ya lo dijo un conocido economista cuando le preguntaron sobre qué haría él para solucionar la crisis: “me apartaría a un lado y me fumaría un puro hasta que pasara todo”. Muy propio del que manda pero también del que obedece, eso de apartarse en los tiempos que corren. El problema es cuando uno pierde de vista las dimensiones de la catástrofe. Las consecuencias que está provocando la inacción son terribles. Y contagiosas.

No hacer nada en política supone ir arrancando hojas del calendario hasta perder las siguientes elecciones. Nos encontramos ante ciclos de cuatro años en los que la oposición no aprieta demasiado, consciente de que es incapaz de solucionar los problemas. Unos no toman decisiones por miedo a meter la pata y los otros no ofrecen alternativas porque ya les va bien que el Gobierno se vaya cociendo en su propio guiso. Chup chup. 

La cultura de no hacer nada es aquella que consigue anestesiar al ciudadano. Primero lo cabrea, después lo frena y finalmente lo duerme. Sin hacer nada. El pueblo ya no protesta como al principio de la crisis y eso que las cosas están peor. No ha muerto por cansancio sinó por inanición. El tiempo ha jugado en contra.

El lenguaje que utilizan los que practican la cultura de no hacer nada es una mezcla de términos económicos abstractos, cifras y estadísticas hipnotizadoras. A todas horas. En periódicos, televisiones, redes sociales y sesiones parlamentarias.

El paradigma de la mansa cultura que nos rodea son las reuniones del Eurogrupo. Se trata de hacer una reunión para fijar fecha para otra reunión, y así hasta el infinito o hasta que los políticos vean que hay algo positivo que comentar; ese atisbo de recuperación que no llega. Y claro, al final se toman decisiones como las que se toman, que contentan solamente a unos pocos. Hablan cuando deben callar. Actúan cuando deben estar quietos. 

La impresión de que no importa lo que hagas porque las decisiones las toman desde Bruselas es la que nos está invadiendo. Para qué buscar trabajo si no hay, para qué intentarlo si cobro el paro, para que pedir un préstamo si se van a quedar el dinero, para qué esforzarme si no hay solución.      

¿Existe relación entre la cultura pasokista y la cultura de no hacer nada?

Evidentemente. A veces se confunde porque conviven. La cultura pasokista está instalada en nuestra sociedad y se complementa perfectamente con la que supone inanición. Dos ejemplos prácticos: el primero consistiría en un ciudadano que no piensa hacer ningún esfuerzo por entrar en el sector público, sin embargo, si se presenta la posibilidad la aprovechará entrando por la puerta de atrás. Una llamada, un contacto o un enchufe serán suficientes. El segundo sería el de un ciudadano que se solidariza con todos estos movimientos descabezados que van contra los que mandan, pero que no se manifiesta nunca; no sale a la calle con la pancarta. Ahora bien, llenará su Facebook y su Twitter de proclamas porque es lo que se estila, lo cool

Dejar pasar el tiempo hasta la llegada del verano es una de las tácticas que siguen los pasivos. Parece que con el sol y la ausencia de actividad la gente te tranquiliza. Si todos los días fueran soleados no habría tantas manifas y los dirigentes podrían practicar su teoría con menos problemas. Aunque echar la culpa de todos nuestros males al sol no es de recibo. Parece que los países del norte no acaban de entenderlo.

Otro de los factores que ha facilitado que se imponga la cultura de no hacer nada es el la falta de personalidades relevantes. Vivimos rodeados de mediocres encantados de no hacer nada. Vivimos inmersos en una sociedad huérfana de gente que piense por sí misma. El período de más libertad de nuestra historia y no hay nadie que merezca la pena.

Toda esta reflexión lleva a preguntarme si no seré yo también en parte culpable. Y cómplice. Demasiado simplista el comentario de muchos que se quejan: “eres culpable porque los has votado”. Me refiero a ¿qué hago yo para contrarrestar tanta mediocridad? ¿No pierdo demasiadas horas en el ordenador, en la cafetería o frente a la tele? ¿Qué o quién nos ha hecho así? ¿Por qué lo primero que hacemos cuando volvemos de vacaciones es mirar el calendario para ver si llega pronto la próxima fiesta? ¿Acaso soy un vago? ¿Qué es éso del año sabático? ¿Tenemos los políticos que nos merecemos?

Me hizo gracia Sánchez Dragó comentando una de sus escapadas a Tailandia, donde se pasa el día escribiendo. Apuntó que la zona estaba llena de españoles, la mayoría en paro. Y tan tranquilos pasándolo en grande allí. ¿Para qué buscar trabajo si tengo paro tres o cuatro meses?

Lo hemos tenido todo demasiado fácil, justo lo contrario que nuestros abuelos. No nos ha faltado de nada: teníamos un trabajo -mejor o peor- remunerado, dinero en el banco, ayudas estatales y de la familia, etcétera. Nos hemos pegado nuestras juergas interminables durante años, hemos comido bien, hemos viajado, hemos estudiado y muchas cosas más. Sociedad del bienestar, lo llaman. Pero todas estas comodidades nos han hecho conformistas y nos han conducido a lo de ahora. No estábamos preparados para afrontar penurias. Y quizás por ello creemos que desaparecerán tal y como llegaron. Seguimos pensando que los problemas los trajo el viento y que desaparecerán por arte de magia.  Estábamos demasiado bien acostumbrados.

Nos queda desfogarnos en Twitter poniendo a parir al político de turno. Y nos conformamos. O reflexionar escribiendo un post como éste que quedará en el olvido al igual que la mayoría de los que profesan la cultura de no hacer nada.